Jorge Eduardo Aragón Campos jaragonc@gmail.com
“El pez por la boca muere”; “dime de qué presumes y te diré de que careces”; “cae más pronto un hablador que un cojo”… Lo que parecía una broma de mal gusto, con cada día que pasa cobra más carta de naturalidad, tarjeta de presentación…y de definición. Díganme lo que quieran, pero hasta los más rabiosos partidarios de AMLO admitían su pésima calidad como orador: “Es cuestión de que abra la boca, para que hasta las piedras cercanas comiencen a huir”, se comentaba con toda razón, y hasta agregaban “no nada más las cercanas”. Claro que en aquel momento eso era un asunto menor, “de lo que se trata es de que actúe bien, después de eso que hable como él quiera”, decíamos… y decíamos bien.
Al menos yo, nunca imagine nos fuera a salir con lo que finalmente salió ya como presidente, donde su sello distintivo hasta hoy es su diarrea verbal, porque eso y no otra cosa es lo que es: un incontinente verbal que, como tal, mientras menos tiene para decir más habla y más se pone en evidencia.
Me cuento entre quienes piensan que esa campaña de sus opositores, donde pretenden ponerlo como un desquiciado al que debemos internar en un manicomio, es un exceso, una grosería que perjudica más a ellos que al aludido, pero de igual manera es inevitable señalar como principal proveedor de municiones al propio tabasqueño, mezcla increíble de Luis Echeverría, Roque Villanueva y Vicente Fox, con el ingrediente de que no es lo mismo los tres mosqueteros que veinte años después: la irresponsabilidad del tipo ya se está poniendo peligrosa. Sí da pie para temer algo patológico, que un cardiópata ande del tingo al tango sin mascarilla, mientras a cada rato sale con expresiones desafortunadas tipo “nos cayó como anillo al dedo”, y además le dé su aval moral y político a Manuel Bartlett, para acabar afirmando que la verdadera necesidad de México es que La Mañanera aumente su duración, para seguir combatiendo la desinformación que siembran sus enemigos, quienes ahora con las primeras lluvias están brotando por todos los maizales del territorio nacional.
Lluvias fifís, no fueran siendo.
Es tan ñoña y anticuada la visión de AMLO sobre la comunicación política, que la sustenta en el “que hablen, no importa y sea mal, pero que hablen”; sin embargo, pasa por alto que tanto ayer como hoy, un político sin suerte es un político desafortunado, y a él se le acabó la suerte. A él o a nosotros. Para efectos políticos en México, la pandemia es una edición corregida y aumentada, por el propio gobierno, del terremoto del 85; él mismo se incrementó exponencialmente sus costos por un fenómeno natural, pues evidenció la naturaleza monárquica de la 4T, cuyo gran proyecto es que no hay más proyecto, que cuanto dicte diariamente en su mañanera López Obrador. Cada vez es más descarada la noción de que quiere estar al frente en todos los temas, de todas las conversaciones, de todas las mesas… para no pagar su cuenta en ninguna. Se volvieron tragicómicas sus piruetas para sacudirse sus responsabilidades.
Mucho cuidado, nosotros, porque ahí nos tienen puesta una trampa.
Esa declaracioncita de “es momento de definirse si están a favor o en contra de nosotros”, sí llegó a oídos receptivos y fructificó entre los más interesados en que este gobierno siga por la misma ruta, es decir la oposición; es decir los mismos de siempre, los únicos que nos faltaban para nuevamente llamarlos por su nombre: la clase política en pleno. El asunto de la pandemia no ha concluido ni se sabe cuándo concluirá, mucho menos hasta donde llegarán sus consecuencias negativas no sólo en términos de número de muertos, sino también en lo económico, en la seguridad, etc. frente a ello, no podemos ni dudar sobre ninguno de los tres niveles de gobierno: ya se lavaron las manos y nos dijeron háganle cómo quieran. Eso sí, lo podemos ver aquí en Culiacán: la autoridad da tratos excesivamente diferenciados, como sucede entre plazas comerciales y el centro; como cuando lanza mensajes de que nos quedemos en casa a la vez que abre las playas; como cuando afirma que los médicos son centaveros, mientras los mata exponiéndolos ante el virus o ante la plebe enardecida.
¡Nos están picando la cresta para que nos madreemos entre nosotros!
Resulta evidente una estrategia partidaria común, para retardar cualquier reacción pública de aquí hasta las elecciones del año entrante, donde el electorado podrá de nuevo elegir entre los mismos de siempre y entre ellos serán los enjuagues de siempre. Nos están haciendo corralito.
Otra vez.