Antes que un pornógrafo, Donatien Alphonse François de Sade fue un filósofo.
Marcelino Perelló*
Sin duda no soy el único en preguntarse cómo le hizo Donatien Alphonse François de Sade, que ostentó durante gran parte de su vida el título de Marqués, para conservar la cabeza unida al tronco durante los muy revueltos tiempos dela Revolución Francesa —que vino a durar unos 20 años, como la mexicana, más de un siglo después— y la inclemente persecución de los nobles durante todo el periodo.
Al contrario de la práctica que se volvió común entre los de su estirpe, la de huir al extranjero, en busca de lares donde se respetara más la alcurnia, Donatien Alphonse permaneció todo el tiempo en Francia. Y tengamos en cuenta que nuestro hombre ostentaba no únicamente un título nobiliario sino dos. Al morir su padre heredó el de Conde, pero que prefirió nunca utilizar.
Curiosamente la persecución contra el Divino Marqués se inicia mucho antes que la Revolución, debido a los múltiples escándalos de los que fue protagonista, fue encerrado por primera vez en 1763, cuando él contaba con apenas 23 años, en el siniestro Castillo de Vincennes, donde pasaría los primeros 15 días de los 27 años que sufriría de prisión. Estuvo encarcelado bajo cuatro regímenes distintos: el Antiguo Régimen monárquico, regido por Luis XVI, la Asamblea y el Consulado revolucionarios y bajo el Primer Imperio francés de Napoleón I.
Es preciso dejar claro, no obstante, que dicha vida licenciosa tiene muy poco que ver con el contenido de sus novelas y propuestas escritas. Estas últimas son prácticamente todas producto de su imaginación. De su imaginación erótica, sin duda, pero también de su cosmogonía, de su visión del mundo. Antes que un pornógrafo el Marqués fue un filósofo.
No es necesario que le recuerde, reprimido lector, que es a partir de su obra, y no de su vida, que el brujo vienés Sigmund Freud acuña el término “sadismo” que consiste en obtener goce sexual del sufrimiento. Sufrimiento que puede ser físico, sin duda, pero también mental, ya sea moral, sentimental o vivencial.
Es común considerar que la práctica y el placer sádico constituyen manifestaciones perversas. Es precisamente Freud quien establece de manera indiscutible que no se trata de “perversión” alguna, sino que pertenecen al aparato psíquico de prácticamente todo ser humano. Ese es el gran mérito del Sade escritor. Escritor y pensador. Develar, mostrar lo que normalmente se mantiene oculto, pero que no deja de existir.
El padre del psicoanálisis establece tres etapas en la constitución de la sexualidad: la oral, en la que el bebé obtiene placer mamando, de la teta, el biberón, el chupón, el dedo o cualquier otro objeto que imprudentemente se ponga a su alcance. A partir de los dos años aproximadamente, con la conformación de su primera dentadura y el destete, se inicia la etapa anal, en la que el pequeño o pequeña (no parece existir distinción alguna en este aspecto) aprende a controlar los esfínteres y le cae el veinte de que también son una fuente de satisfacción. Traslada su centro erógeno al orificio anal y zonas adyacentes. De manera primordial goza, de manera placentera o angustiosa, de la función de defecar.
Finalmente, como a los cuatro años aparece la tercera y última etapa: la genital propiamente. De ello tiene buena parte de responsabilidad la sorprendente (es lo menos que se puede decir) vecindad natural de los órganos excretores con los genitales. En el caso del varón incluso coinciden del todo, en el orificio de la uretra, el orinar y el eyacular. En las féminas casi.
Cada una de estas etapas posee sus propias pulsiones —llámelas instintos— placenteras y sexuales: el voyerismo, el exhibicionismo, la masturbación, la transexualidad, el fetichismo, la zoofilia… y el sadismo. Es un error considerar al masoquismo como el contrario del sadismo, cuando en realidad no es más que una de sus presentaciones. A quien se inflige el daño es a ese “otro” que es el yo. No le daré ejemplos de cada una de las variantes pero no le costará identificarlas, perspicaz lector, observando la conducta de los pequeños o rescatando los recuerdos que permanezcan de su propia infancia.
En el periodo que sigue a la estructuración psíquica y psicosexual, llamado de latencia, la cultura obliga al pequeño sujeto a disimular si no de plano a esconder todo este cúmulo de pulsiones, “mal vistas” por la sociedad. Este ocultamiento puede realizarse por tres vías: la asunción, la represión y la sublimación.
Las dos primeras conducen, de manera distinta, al desastre. El que asuma el sadismo, por ejemplo, acabará como el Marqués, procesado si no asesinado. Si lo reprime y censura se provocará una neurosis cuyos síntomas pueden ser incomprensibles y de consecuencias graves. La solución “buena” y recomendable está en la sublimación. Es decir, hallar una variante de pulsión predominante que sea socialmente aceptada e incluso gratificada.
Así, el exhibicionista se hará actor, el voyerista detective, y el sádico se volverá médico o policía. En todos estos casos el objetivo último es la consecución del goce, la resolución de la inquietud, la ansiedad y la insatisfacción que en todos casos lo preceden.
Lo que hace del Marqués de Sade un hombre excepcional es la valentía y la agudeza con la que aborda esta cuestión. Sin sus ejemplos y reflexiones, Freud y las tres psi, el psicoanálisis, la psicología y la psiquiatría de los dos últimos siglos se verían en graves aprietos para sustituirlas. De lo contrario se les habría amputado un miembro esencial. Serían lo que hoy debe ser llamado “discapacitadas”.
En particular en dos que son tres, de sus textos clave La filosofía del tocador, ensayo filosófico en el que sostiene el derecho del fuerte de abusar del débil, y en sus novelas Justine y Juliette, relatos de un erotismo descarnado e irresistible, afirma y convence de que en este mundo vence siempre la maldad y que la virtud fácilmente acarreará la desdicha. El placer está en el rompimiento de las normas.
Quien no haya estado enamorado de una mujer sensual, provocativa y descarada, difícilmente entenderá al Divino Marqués.
*Excélsior, miércoles 10 de octubre del 2012