A dos años del primer gobierno de alternancia en Sinaloa
SE REQUIERE UNA RECOLOCACIÓN DE LA CULTURA EN SINALOA: RONALDO GONZÁLEZ
*María Luisa Miranda, una funcionaria eficiente
*Logros visibles en cultura con MALOVA
*Necesaria una evaluación de los programas convencionales
*Se requiere dar un vuelco hacia el desarrollo social
Además de ser Presidente del Consejo Editorial de Politeia, Ronaldo González Valdés es un conocedor de los temas de la educación, la sociedad y la cultura en la región. A su experiencia como Director General de la Dirección de Investigación y Fomento de la Cultura Regional (DIFOCUR, hoy Instituto Sinaloense de Cultura), durante nueve años consecutivos, y como Subsecretario de Planeación Educativa de la SEPyC, durante otros tres, se suma su condición de académico (sociólogo para más señas), estudioso de nuestra historia, nuestra cultura y nuestra problemática educativa. Nos pareció, por lo mismo, pertinente platicar con él acerca del estado que, a la vuelta de los primeros dos años del gobierno de Mario López Valdez, guarda la asignatura del quehacer público cultural en un estado como Sinaloa, desafortunadamente marcado por un señalado déficit de cohesión social y de formación de ciudadanía.
César Velázquez Robles (CVR). A dos años del primer gobierno de alternancia en Sinaloa, ¿te parece que la cultura ha ocupado el lugar que se le debe asignar en un estado como el nuestro, caracterizado por la insuficiencia de políticas públicas que galvanicen y fortalezcan el tejido social?
Ronaldo González Valdés (RGV). Déjame decirte en primer lugar, César, que tengo para mí que el Gobernador Mario López Valdez acertó en la designación de una de las funcionarias más eficientes y chambeadoras de su administración. Con María Luisa Miranda Monrreal, después de un primer año un poco titubeante, nos hemos encontrado este segundo año con una servidora pública que no descansa, que ha aprendido muchísimo en muy poco tiempo, y créeme que sé de lo que te hablo cuando te digo que el cultural no es un sector con el que se pueda tener un acercamiento provechoso fácilmente: nuestros artistas, críticos, creadores y promotores culturales constituyen (diría que afortunadamente) un diverso y colorido mosaico que no se deja asir de buenas a primeras, al que no se puede convencer sin más, y creo que María Luisa, después de un comienzo un poco incierto, ha logrado incorporarlos muy productivamente a las tareas de la acción pública cultural.
CVR. Bien, ya que al parecer le estás sacando la vuelta al bulto, vayamos a lo concreto. Empecemos entonces por el principio. Háblanos de lo que aprecias como logros de la actual gestión gubernamental.
RGV. Tienes razón, vayamos a lo concreto, aunque, por lo que voy a decir enseguida, me interesaba dejar muy en claro mi opinión personal acerca de la funcionaria responsable en este ámbito. Y digo, en primer lugar, que veo un gran movimiento en el área pública de cultura del estado. ¡Oye, son más de 7 mil 300 acciones de cultura (eventos les llaman en el documento oficial) consignados en el segundo Informe de Gobierno! Es decir, alrededor de veinte eventos por día. Imagínate, Dottore Velázquez, se realizaron 3 mil 614 actividades más en relación con las que se llevaron a cabo el año pasado. Eso habla, sin duda, de una denodada decisión de hacer cosas, de poner en valor la agenda de lo cultural en el quehacer público.
En segundo lugar, me parece que la idea de recuperar un corpus programático que, de algún modo, se descuido en la segunda mitad del sexenio anterior, dice mucho de una convicción por otorgarle a la cultura la importancia que merece en el conjunto de las políticas públicas estatales. Ahí están, en ese sentido, los programas del Festival Cultural Sinaloa, el Encuentro Yoreme, el Festival de Rock, el Festival de la Juventud, los programas de fomento de la lectura (círculos y salas de lectura), los programas de estímulo a la creación artística y cultural, las compañías que encabezadas por la OSSLA han crecido en número, a los que se ha agregado el Programa Cultura en Movimiento que representa un esfuerzo adicional de descentralización de las actividades de difusión cultural, a todo lo cual hay que sumar el innegable acierto de haber puesto a Sinaloa en la mirada del país y el mundo con la participación como estado invitado en el Festival Internacional Cervantino. Otra vez de acuerdo con los datos del segundo Informe de Gobierno, más de un millón 621 mil sinaloenses asistieron a las actividades que ofreció el ISIC, lo que representa, en números gruesos el 60 por ciento de la población total de la entidad…
CVR. Creo advertir en tus palabras, sin embargo, que hay algo que no te acaba de convencer. Me hablas de números y de nombres de programas…
RGV. Tienes razón, déjame entonces apuntar enseguida mis inquietudes con respecto al camino que hasta ahora ha seguido el trabajo cultural en el primer gobierno de alternancia en Sinaloa. Lo diré rápidamente:
Primero, soy de la idea de que sigue estando ausente un balance serio, una evaluación más o menos rigurosa de lo que ha sido la acción pública cultural en la región. Por eso creo que seguimos atrapados en una agenda abigarrada de actividades que se hacen, vienen y van, sin tener el impacto social que se busca. Aquí, como dicen estudiosos de la nombradía y el prestigio intelectual de Toby Miller y George Yúdice, en un libro que se llama justamente Política cultural, ocurre que las más de las veces se despliegan acciones y medidas que parecen más bien convulsas y no articuladas, no sistematizadas, jerarquizadas y debidamente planificadas. El quid de una política cultural no radica en hacer cosas, sino en hacerlas con orden y sentido. La política cultural, como toda política pública, debe tener un sentido estratégico, y debe, por lo tanto, discriminar, seleccionar, organizar prioridades con arreglo a la problemática social que pretende enfrentar y, de ser posible, superar.
De aquí paso a lo segundo. Programas como los festivales de bellas artes convencionales (particularmente de artes escénicas) como el Festival Cultural Sinaloa, tuvieron un propósito compensatorio o, por así decirlo, remedial, surgieron para ofrecer en un único y apretado lapso de 10 o 15 días, una vez al año, todo aquello que el público no tenía los demás meses. Inclusive si se le adjudica un sentido de proyección de imagen, el Festival de Sinaloa no tiene cómo competir con el Cervantino o el Festival de Tamaulipas u otros de distinta naturaleza como la FIL de Guadalajara o el Festival de Cine de Morelia o el de El Tajín de Veracruz. Además, festivales como el Cultural Sinaloa hay muchos en el país. Yo me pregunto entonces, ¿no será hora ya de cambiar este programa por uno más constante y consistente, que se realice a lo largo y ancho del estado los doce meses del año, aprovechando la oferta artística de festivales como el Cervantino, desde luego, pero también del de Mayo de Guadalajara o el de El Tajín o el de la Huasteca, a lo cual se sumarían las producciones propias con los grupos de excelencia de la región como Delfos, la OSSLA, la compañía de Danza del Estado, el Coro de la Ópera de Sinaloa, las orquestas y bandas juveniles, entre otras? Esto permitiría, adicionalmente, trabajar en un auténtico proceso de formación de públicos, tarea en cuya contribución no veo más que a la OSSLA. Y por supuesto que estimularía notablemente el trabajo de los grupos artísticos, oficiales o independientes, de la entidad.
Y a propósito de formación de públicos, tiene que revisarse ya el papel de la Sociedad Artística Sinaloense en esta vertiente de política cultural. Está bien, me parece muy bueno que desde la iniciativa privada exista el interés por coadyuvar en las tareas de la difusión cultural. El problema es que la SAS tiene 12 años ofreciendo programas que, en aras de cubrir gustos diversos, pierden coherencia y sentido, mezclan de todo, de chile, dulce y manteca. Tan pronto se programa a una chica light, made in Televisa, como Kika Edgar, como nos proponen un musical de Broadway tropicalizado, junto con un concierto decembrino con la Novena Sinfonía de Beethoven. ¿Dónde está el sentido de formación de públicos en un planteamiento como este?
Con la muy sana intención de ofrecer mucha cultura, se ha evadido el tema de la priorización de vertientes estratégicas de trabajo. El propio Festival Yoreme fue un programa de bajo perfil. Se cumplió con el compromiso, pero hasta ahí. Por cierto, aprovecho para discrepar de mis amigos Alejandro Mojica y Leonardo Yáñez. Un programa como el Yoreme tiene muchísimo que dar en términos de posicionamiento de Sinaloa en el mapa de la política cultural en México y, quizá, en el mundo, pero déjense de cosas por favor: las culturas de los pueblos del mundo son, casi todas, mestizas. ¿Culturas étnicas puras? No sé, quizá en algún lugar recóndito del Congo o del Amazonas. Nuestros mismos yoremes, ¿qué son sino mestizos?, ¿qué celebran sino las fechas del calendario cristiano? Como toda cultura mestiza, la de los mayos y los yaquis tiene un componente étnico, en ello reside su originalidad. Nada menos, pero nada más que eso…
CVR. Bien, Rony, pero quisiera que retomaras ahora el asunto de la jerarquización, ¿qué debiera priorizar una política cultural en Sinaloa? ¿Lo está haciendo el gobierno de MALOVA?
RGV. Para evitar confusiones, afirmo que nadie discute la misión de proyectar una imagen de región, de estado, al país y al mundo que la acción pública cultural tiene encomendada. Nadie discute tampoco su función como educadora en las disciplinas artísticas convencionales (y en esto se ha avanzado muchísimo, gracias al compromiso con las escuelas de iniciación y profesionalización mostrado por María Luisa Miranda), como proveedora de bienes y servicios culturales diversos (museos, teatros, festivales, ferias del libro, etc.), pero su tarea va, desde luego, mucho más allá: una verdadera política cultural deberá sustentarse, ahora más que nunca, en el requerimiento objetivo de las comunidades donde se crean los sujetos de la vida social, donde se gesta el déficit de cohesión y ciudadanía que padecemos. En esta línea de razonamiento, y esto debe subrayarse, la política pública debe considerar una recolocación sociológica y política del papel de la cultura.
CVR. Todo eso se escucha muy bien, pero ¿cómo puede traducirse en programas, en acciones públicas y sociales puntuales y precisas?
RGV. Revisando la experiencia de otros países y otras regiones del país y el mundo. Se me ocurre que la idea y la práctica de la Animación Sociocultural (ASC) desarrollada en Cataluña, debe ser conocida, debatida y, en su caso, ensayada en países como el nuestro y en lugares como Sinaloa. Siguiendo a Puig, en su libro Animación sociocultural, cultura y territorio, la ASC se concibe como “un método de intervención territorial que, desde la cultura, a las personas con aspiraciones y necesidades no satisfechas, les facilite la posibilidad de reunirse en grupos para iniciar un proceso conjunto e interrelacionado en redes de cooperación”. De lo que se trata, ciertamente – y esto es lo que no se considera en los programas de cultura estatales, no sólo en Sinaloa sino en todas las entidades federativas-, es de concebir a los municipios, a sus centros urbanos y localidades, como espacios en los que coexisten fuerzas cohesionantes y fuerzas tensionantes, lugares en los que se generan representaciones y referencias que amplían o constriñen los horizontes de vida de la gente, lugares de integración y anomia, de inclusión y exclusión.
CVR. ¿Propones alguna ruta crítica estratégica en esta dirección?
RGV. Lo primero es, como lo comenté en alguna colaboración pasada en Politeia, tomar una decisión que es, en última instancia, una decisión política: la de asignar nuevos y más poderosos alcances a la acción cultural. Junto con ello, tendrán que recuperarse experiencias como la española, la brasileña y la colombiana (el trabajo en redes, el asociacionismo cultural, etc.). Y tendrá que elaborarse, enseguida, un estudio que permita contar con los registros antropológicos e identitarios, institucionales, emergentes y hasta comerciales del activo cultural en nuestras subregiones y comunidades. Sólo así tendrá sentido georreferenciar el requerimiento, las capacidades y competencias culturales de la entidad.
Esto es lo que podría dar un verdadero y necesario giro a la política cultural, orientándola por rumbos más definidos que permitan desatar nuevas y más provechosas sinergias sociales en la región.