Capítulo 3

Víctor J. Pérez Montes

Si ya conozco el camino, pa´que voy a andar acostado

Si la libertad me gusta, pa´que voy a vivir de esclavo

Elegir yo siempre elijo, más que por mí, por mi hermano

Facundo Cabral

Capítulo III

Era mi segundo trabajo en una empresa, pero a diferencia de la “Casa Colorada” en éste tenía que atender a tanta gente, era como las olas del malecón, que se agolpaban cada semana por su pago, desde los más desarrapados hasta los más catrines y, sin dejar de mencionar a las distinguidas mujeres que posaban con sus ropas lujosas a las oficinas de la administración.

A menudo me preguntaba cómo era posible que tanta gente llegara, hiciera lo que tenía que hacer, y que de momento no veía los resultados, pero que a la larga, esa enorme masa colosal llamada planta termoeléctrica empezara a dar muestras de una enorme expresión de progreso y modernidad que en aquellos lugares empezaba a erigirse.

Lo más curioso, era que ni color me había dado, como siempre Chale me había invitado porque un vecino de su abuela le había comentado que en esa fábrica se iba a utilizar mucha gente, sin importar si sabían trabajar o no, lo que requerían era que quisieran trabajar.

Recuerdo que en realidad no iba muy convencido y además, parecía que estaba en el fin del mundo, el poblado más cercano era el Castillo, y eso sin mencionar, que era un conjunto de casuchas y una pequeña tienda que de Cocas y Pan no salía, esto lo comento porque en una ocasión que llegamos a ese lugar, Rutilio Peraza, uno de los capataces de la obra vivía en ese poblado y su esposa era la dueña de la tiendita del poblado.

Para colmo de males, ni ganas tenía de ir, recuerdo que Chale, casi casi me rogaba para que lo acompañara, ¡Ándale cabrón, acompáñame, no seas mala riata!”, “Sí no es porque no te quiera acompañar, es que no quiero dejar sola a la Conchita”, “pinche mandilón, pos que le va a pasar a la Concha, pues!”, a lo mejor nos consiguen chamba y ya nos dejamos de andar de perico perro, ¡no seas pendejo güey!”.

Esas palabras me habían dejado pensando, pues eran verdad, ¿Qué podría pasar?, ¡ni que me fuera a morir! En fin, todo parecía decidido. Le hice caso al Chale, y nos arrancamos de raite con un vecino para ver que era esa famosa fábrica.

Pasamos la famosa Sirena, un poblado de casas que emergía de unos terrenos pantanosos, en Mazatlán le llaman marismas, era algo así, como un conjunto de casas maltrechas con un toque de pobreza lastimera e indignante. Algo que daba pena y que nunca había observado en mi vida, pero esta imagen tenía un fondo que contrastaba al máximo, una escenografía natural con olor a sal y olor típico de la costa, ese olor que penetra en los huesos y que hace reaccionar hasta el más impávido ser. 

El mar, con sus propios encantos naturales que se pudiera uno imaginar, daba ese contraste de miseria, pero, a la vez de riqueza exuberante que solo en esos rincones se pudiera observar. De aquellos suburbios maltrechos salían sombras maltrechas, enjutas desde las partes más bajas de la carretera, con su ropa roída por la suciedad y el polvo de la construcción, haciendo señas con su mano y silbando, en actitud de súplica por un “aventón” a esa construcción, que la gente llamaba “la Termo”.

Por fin llegamos, tuvimos que caminar unos 15 minutos nos recibió una secretaria, muy guapa, atenta y con un lápiz y una libreta en la mano: El ingeniero Díaz-Rubio, los atenderá a la primera de oportunidad, por favor tomen asiento y yo les llamo cuando esté listo para atenderles muchachos, bueno, algo así nos comentó, recuerdo que Chale y yo  nos esforzamos mucho por “esconder” nuestra poca educación o refinamiento, tendríamos un chance de agarrar la chamba, pero, ¿de qué chamba queríamos agarrar?, ni yo sabía de qué, todo parecía ser una de esas pinches ideas del Chale, pero, ahí estuvimos esperando.

El reloj de la sala cuando llegamos marcaba las 9.05 am, en esos precisos momentos cuando volví a mirar el reloj, ya marcaban las 2:15 pm, recuerdo haber visto a la secretaria salir y regresar como a las 12:00 pm y regresar no sé cuántas horas más, pero aquello era una prueba de aguante y paciencia.

En ocasiones me paraba o me movía un poco, en ese asiento un poco reducido, para el tiempo que se tenía que esperar, por otra parte Chale se había salido en repetidas ocasiones y de repente se metía y me preguntaba: ¿ya llegó el Inge?, sólo movía la cabeza en señal de negativa, aquello en verdad era una prueba de aguante y paciencia, mucha paciencia.

Y cuando todo indicaba que toda la paciencia y el esperar por un largo tiempo, había sido en vano, se abrió la puerta y se escuchó una voz firme y con tono que inspiraba respeto: “dígale a los chavos que pasen”, de inmediato, la secretaria, con postura solemne nos indicó: El ingeniero Díaz-Rubio los espera. De inmediato nuestros rostros mostraron alivio.

La oficina era amplia, con alfombra, un gran escritorio de nogal al fondo, la foto de una persona al fondo con una banda de la bandera nacional en su pecho, parecía que vigilaba la escena. El ingeniero con toda amabilidad nos indicó: Por favor muchachos tomen asiento, esto así es, creo que tiene mucho mérito el esperar toda la mañana, pero ustedes dirán, ¿en qué les puedo ayudar?

El Chale, con toda solemnidad, sin ser obsequioso y sin llegar a ser seco, les expuso nuestras inquietudes: Ingeniero, pues, ¡queremos trabajar! Y la verdad, nos urge la chamba, en lo que sea, queremos ser útiles, pero a la vez, queremos aprender.

No sé todavía sí fue la franqueza del Chale, la cara de perdidos que teníamos en ese momento, o si de plano, en ese día quién sabe dónde andaba el Diablo, pero el Ingeniero lejos de molestarse, soltó una carcajada de sorpresa, asombro, pero también de compasión. ¡Entonces les urge la chamba! –Dijo el Ingeniero con cara de sorpresa- me parece perfecto, ojalá hubiera más como ustedes que me pidieran “chamba” y no otras cosas.

En esos instantes, el ingeniero, sacó del cajón 2 tarjetas de presentación, y empezó a escribir al reverso, “el portador de la presente, está autorizado para empezar a laborar de inmediato, firma Ingeniero Díaz-Rubio”. Nos las entregó y nos dijo lo siguiente: Por favor, preséntense el próximo lunes aquí con mi secretaria, ella les dirá a dónde acudir, ¿tienen alguna duda?

De pronto, levanté la mano y le pregunté: Oiga, Ingeniero ¿Tenemos que traer nuestro lonche?, sonrió muy amablemente y me respondió: Sí gustan, aquí hay un comedor, que es muy económico para los trabajadores de la obra, se les dará un gafete con el que les harán el descuento de la comida, ¿alguna otra pregunta? ¡Ninguna ingeniero!- respondimos al unísono-.

Salimos con una sonrisa de oreja a oreja, no lo podía creer, teníamos un trabajo, ¿De qué?, ¿Quién sabe?, pero algo sabía, algo mejor nos depararía el futuro, algo me decía que cambiaría nuestra suerte, habría mejores oportunidades, bueno, hasta ese momento eso quería yo pensar.

Regresamos a nuestra casa, hablé con la Concha, y no de muy buena gana recibió la noticia. ¿Cómo que vas a renunciar? –Me cuestionaba con tono de reproche y enojo-, ¡Mija!, ¡ya conseguí algo mejor!, recuerda que te prometí llevarte a Guadalajara, de vacaciones en la Navidad, o ¿Ya no quieres ir?

Pues sí, pero me da miedo no tener para la lechita del niño y que tengamos que andar pidiendo fiado con Doña Fany, y ya sabes que es muy carera y le gusta andar anotando cosas que ni compramos, pero, si tú crees que vas a salir todo bien, yo te creo.

Me dio un beso y me abrazó, en ese momento Pedrito empezó a llorar, nuestro bebé tenía 4 meses, y bueno, creo que fue una muy buena idea. Las cosas empezaban a acomodarse, por alguna cosa, sentía nuevamente ese sentimiento de aventura, de zozobra por descubrir nuevas emociones, y sobre todo, conocer nuevas cosas por hacer.

Inventándome el amor…

Víctor J. Pérez Montes

Mátame porque me muero…

Caifanes

Honestamente no recuerdo la última vez que salimos, ni siquiera recuerdo la última vez que le regalé flores; o algún detalle, una palabra agradable. Nuestra rutina era brutalmente fría, sin alguna pisca de frescura, o interés mutuo. La ternura o la suave palabra se había alejado hace mucho, pero mucho tiempo de nuestras vidas. Bueno, ahora que lo recuerdo, la última vez que intenté invitarla a un café, empezó de inmediato a poner miles de pretextos que destruían las ganas de salir o simplemente tener unos instantes conmigo.

Nuestros tiempos libres eran diametralmente opuestos, nunca había un acuerdo para comer o cenar juntos; siempre había una junta de emergencia en la oficina, o un “extra” de trabajo, o invitación por parte de otras personas “con más importancia o emergencia”, para sacar tal asunto, que tener un tiempo juntos.

¿Quién tuvo la culpa? La verdad no lo sé. Supongo que nunca hubo un interés por sacar adelante la relación. Siempre hubo algo más importante que nosotros. El trabajo, los compromisos con amigos, familiares, los proyectos profesionales. Los hijos nunca llegaron. Las visitas al médico en los primeros años fueron devastadores, recuerdo haber comprado un caballito de cedro, era una belleza artesanal. Nunca fue estrenado. Como muchas cosas, acabó en el cuarto de los “cachivaches”, en el cuarto de lo que nunca fue o nunca llegó a ser.

Mis dos hermanos menores, habían tenido familias extremadamente diferentes a la mía. Sus sonrisas, sus caras eran de gusto, de placer por la vida, ¡Claro que tenían problemas!, pero, había algo que los hacía luchar, tener la llama de la ilusión brillando sin importar que los vientos de la adversidad fueran fuertes o tempestuosos, al final del día, una sonrisa era lo que salvaba sus vidas. La mía no era así.

Las noches eran peores. Cada uno hacía cosas diferentes, yo saltaba de canal en canal para tratar de encontrar algo interesante en la televisión, y mi esposa, se clavaba en una pila de 13 a 15 libros que estaban de su lado de la cabecera, que de manera territorial cuidaba con gran recelo. Sus lentes para la lectura y sus libros, eran parte de esa escenografía de apatía que se vivía, que se olía en el aire al entrar en esa alcoba que entristecía a quien echara un vistazo.

En las mañanas, café y pan tostado con mantequilla y mermelada de frambuesa era el menú. No había muchas opciones. Levantarse por la mañana, cambiar de camisa, usar el traje que tocaba cierto día con tal o cual corbata, o en su defecto, corbata de mariposa; era parte de ese extraño ritual que había sido llevado con exactitud durante 21 años, 6 meses y 11 días.

El restorán de enfrente del Edificio Olmeda –el edificio donde laboraba- era como un pequeño oasis. Los olores entremezclados me recordaban aquellos mismos olores que salían de la rústica cocina de mi madre, con tales olores entraba en una especie de transe, al sentir el aire impregnado por todo el largo pasillo que conducía hasta las recamaras de la vieja casona en la que crecí, en las afueras de la ciudad. Los viejos llanos, que poco a poco cedían a la mancha voraz que consumía todo vestigio de naturaleza que desaparecía con el paso lastimoso de los años en ese sector de la ciudad,

Para ser exactos, habían pasados 284 días desde la primera vez que la vi. Era joven, cabello castaño, largo y con tonalidades más claras y onduladas en las puntas, sus movimientos eran con cierta gracia, una gracia que daba luz a toda su faz, con unos enormes ojos color verde, que denotaban un aire de inocencia, pero que a la vez, con sutileza mostraba un grado de picardía, que no me cansaba de mirar.

Su nariz se movía de manera graciosa, cada vez que preguntaba sobre el menú, o cuando daba algunas sugerencias del mismo. Sus mejillas eran un tipo de pintura de Rembrandt, donde los colores rosados se desvanecían  de manera suave y mezclaban una tonalidad de blanco que se detenía abruptamente con las pequeñas pecas que deben un hermoso contraste con sus cejas delgadas y delineadas.

Su figura era una poesía a la belleza. Curvilínea, esbelta, graciosa, de movimientos ligeros que parecía que cortaba el aire cada vez que hacía con graciosa y delicada energía algún ademán, que también, capturaba mis sentidos, era un suave incienso que dejaba mi atención suspendida en el aire.

Su estatura era aproximadamente de 1 metro 65 centímetros, ni alta ni baja, era totalmente perfecta. Era un ángel que se materializaba, y que había bajado desde el mismo cielo para liberarme de la agonía que vivía en mi hogar. De pronto una idea, y esa idea no era la gran idea, ni la mejor, pero era algo que podía cambiar mi monótona existencia.

Marce –Marcela era el nombre de este hermoso ángel- y yo, habíamos conversado en muchas ocasiones. Siempre me había externado, lo que le encantaría conocer otros lugares, el mar era su sueño. De manera repentina, llegaban a mi mente imágenes de ella corriendo por toda la orilla de la playa en paños menores. Su gran  y espléndida sonrisa, era una luz como un faro en la oscuridad de mi soledad. Ella despedía una energía tan especial, que lo único que podía hacer era contemplarla tanto como pudiera esa sonrisa sin ser demasiado obvio.

El día del viaje llegó. Yo había tomado por adelantado 1 semana de mis vacaciones, salí temprano de mi casa, y sin más le dije a mi esposa que me iba de vacaciones. La indiferencia fue total, un simple ¡Bye!, fue su respuesta. Sin más, pasé por Marce y nos dispusimos a salir de la ciudad. Entre más lejos dejábamos nuestras casas, más libertad sentíamos y un aire de frescura llenaba mi mente, al ver sentada a esa joven con todas las ganas de vivir y de sentir, era mi motivación de emprender esta aventura.

El camino a Playa Bonita, era un verdadero paraíso exótico. Era increíble y muy interesante la plática que esta joven de 24 años tenía, y sobre todo, que podía mantener en nuestro viaje de casi 6 horas. Me explicó que aproximadamente había leído unos 9 u 11 novelas, dentro de los últimos 3 meses, y con una sorpresiva afirmación, me dejó perplejo: Estudié Literatura y lengua española en la Universidad de la Provincia.

Con una cara de sorpresa y como de que no te lo creo, le respondí con otra incógnita: ¿Por qué trabajas en el Café? Con serenidad filosófica, me explicó: Es el negocio del papá de un compañero universitario, mi sueño es ser escritora, pero también necesito comer. Soltando una hermosa carcajada de manera espléndida, y entre pláticas reinicia sus explicaciones y toma una actitud de serenidad de manera instantánea, diciendo: Bueno, a lo mejor, me va peor como escritora, pero yo sólo quiero hacer lo que me gusta, lo que verdaderamente me apasiona, por eso estoy contigo.

Por fin  habíamos llegado a nuestro destino. Ese camino de tierra y arena entremezcladas, las diferentes enramadas de color verde intenso y las palmas de cocoteras, que a lo largo definían el camino, así como un aire fresco que se impregnaba con la salada brisa marina, daba la bienvenida a nuestra semana de libertad y amor, que sólo ese lugar era testigo de nuestro encanto.

Aquellos días habían sido excitantes de gran alegría, de hecho me habían ayudado a recordar aquel sentimiento perdido de ganas de amar y ser amado. Las risas y la buena compañía eran el común denominados existente en los primeros días, la pequeña habitación que daba hacia la playa, era la escenografía perfecta para que todo aquello fuera concretado de manera increíble.

La noche previa a nuestro regreso, me había levantado para tomar un vaso con agua, la luz de la luna y el suave ruido de las olas del mar, me habían levantado. El suave viento nocturno movía de manera lenta las cortinas de mantilla que brindaban cierta protección y privacidad al interior de la habitación; y me percaté que Marcela no estaba acostada en la cama. Pensé que habría salido al baño ya que los baños estaban en la parte trasera de las habitaciones, así que no puse mucha atención al asunto.

Sin embargo, quise echar un vistazo para asegurarme que todo estaba bien. Para mi sorpresa y extrañez, ella no estaba en el baño las sandalias que usaba estaban junto a la cama su ropa de cama estaba en la silla de un costado y en ese preciso instante empecé a pensar: ¿Saldría a la playa?, no lo pensé dos veces y fui a buscarla.

Con linterna en mano, salí con rumbo a la playa, las olas en una calma relativa brindaban una sensación de zozobra, que entre más me acercaba al oleaje, más sentía una inseguridad que me hacía latir el corazón de manera intensa, y con un escalofrío que recorría todo mi cuerpo desde la cabeza a los pies y manos, de manera contundente en todo mi cuerpo.

Pasaron unos minutos y no podía encontrarla, de pronto, en un montículo de peñascos, se notaba un antebrazo con marcas de rasguños saliendo de una de las rocas, rápidamente puse la luz de la linterna sobre el cuerpo, para mi sorpresa y gran horror era Marcela, y de manera abrupta traté de jalarla hacia la orilla, pero inmediatamente me di cuenta que le faltaba la mitad de una pierna.

Con horror y gran desesperación, empecé a gritar y voltear a todas direcciones, en ese momento, no tenía ni la mínima idea de lo que pudo haber pasado. ¡No lo sabía, se lo juro que no lo sabía!, pero aquella imagen de su cuerpo mutilado y sin vida, su cara de pánico y dolor, que externaba el suplicio de su muerte trágica ya había hecho un efecto de pánico en mi mente hasta el día de hoy.

Mientras jalaba el cuerpo sin vida a la orilla de la playa,  empecé a llamar de manera desesperada la ayuda de algunos pescadores de la zona, que por la madrugada hacían sus labores. De manera inmediata y a gritos les suplicaba ayuda. Uno de los pescadores afirmaba que había sido un ataque de caimán, que por la zona abundaban, debido a la temporada de apareamiento. A los minutos llegó la Policía local y tomó parte de lo ocurrido.

De inmediato fui llamado a declarar, y pues, aquí me tiene oficial, eso es lo que pasó prácticamente.

-¿Y cómo creerle, sí no hay quien confirme su versión de los hechos?

-Pues mientras esto se aclara, usted está detenido como presunto culpable del homicidio de la señorita Marcela Saldívar Torres.

¡Pero yo la amaba!, ¿Cómo se atreve a decir eso oficial?

-¡Señor!, ¡Cálmese por favor! ¡Así es como se procede, y necesitamos averiguar lo qué pasó! El oficial toma un breve respiro profundo, y con breve esfuerzo, continúa el interrogatorio:

-¿Usted sabía sí tenía familiares, padres, hermanos, quizá algún familiar no tan directo?

-¿Cómo dice?

-¿Sí ella tenía familia?

¡No!, bueno… ¡Nunca me habló de ellos! El lugar donde ella trabajaba, creo que era de un familiar lejano, es todo lo que sé.

-¡Pues mi amigo!, por lo pronto es todo, espero unos momentos.

El agente del ministerio público, se levantó y me dejó solo, sentado en esa silla, con la mesa en el centro de ese cuarto obscuro, iluminado por una pequeña lámpara en el medio; era obvio que la declaración no era suficiente para esclarecer o determinar el culpable de este caso.

A los 30 minutos, entraron unos agentes y sin mayor preámbulo, me tomaron a de la cabeza, y con un palo de madera, me empezaron a golpear en el cuello, lo único que pude recordar es un dolor intenso que hizo que perdiera el conocimiento por un lapso de tiempo.

No recuerdo exactamente cuánto tiempo estuve inconsciente. Lo único que puedo recordar es despertar con un dolo agudo en mi cabeza a la altura de la nuca, enfrente de mí,  2 policías que me detenían la mano, para que firmara mi supuesta declaración. Totalmente mareado y sin tener un control total de mi ser, aún tengo dudas de cómo pude firmar o poner el supuesto garabato que había en el acta de la declaración de los hechos.

Lo cierto es, que terminé procesado, y así terminé en esta celda. Mi esposa jamás me vino a ver. Lo último que llegué a saber de ella, es que hace 7 años, ella se volvió a casar, que lejos de disgustarme, me agradó la idea. La cabronada que le hice no era para menos, es más, nunca me vino a ver antes y después de ser sentenciado, de esto ya va para casi 22 años.

¿Qué sí me arrepiento? ¡La verdad no! Es más, no tengo nada de qué arrepentirme. Yo no la maté, fue un infortunio, un accidente que me agarró mal parado, en el lugar y en el momento desafortunado… ¿Qué sí lo volvería hacer?, ¿Lo de Marcela?, ¡Claro que sí! Yo solo busqué ser feliz, así de sencillo, yo solo traté de estar inventándome el amor.

Del puño a las puntas…Crónica del nacimiento de una estrella.

Víctor Javier Pérez Montes

Yo no nací para amar, nadie nació para mí…

Juan Gabriel

¡Mire profe!, ¡Traigo a mi plebe para que lo haga machito! Eso de que ande por ahí, perdiendo el pishi tiempo con esas jotadas del telefonito, ¡que los selfis! y eso del guasap. ¡Ni madres! Se lo traigo para que lo haga bueno para los chingadazos. ¡Usté nomás diga, cuánto sale la clasecita!, ¡Y ya se hizo la machaca! ¡Es más! Le pago el triple de lo que sale la clase del taicuando, pero, eso sí, ¡Que salga bien macho, como su padre!

Así que mijo, ¡A fajarse en los chingadazos eh! Pa´que ya no le hagan el bulin, ¡pues!, pa´que ya no le digan jotito, ¡pues!, ¡Y usté profe! Ahí le encargo a mi Brayan Onésimo Félix, que de cariñito le decimos “El Ony”, ahí pa´que se aviente esas pishis patadas del Bruslí o ya de perdis del chingado Gokú ¡Pues! ¿Me entiende profe?, pa´que no digan que: ¡El hijo de Don Onésimo Pascasio Félix Bernal es joto! ¡Y que les rompa el hocico a todos esos cabrones que se burlan de mi Ony!

Don Onésimo se daba la media vuelta –así como José Alfredo Jiménez- y salía con su típico caminado de cuatrero mal encarado, con el taconeo típico de los cowboys, por las botas de panza de armadillo y su típico sombrero estilo Texas style, camisa de seda con la virgen de Guadalupe en la espalda y pantalón de mezclilla corte acampanado marca Wrangler, escuadra fajada con cacha de oro y diamantes,¡eso sí!, no podía faltar, la clásica hebilla dorada, del tamaño del estado de Chihuahua. 

Aquel hombre de porte singular, de manera intempestiva se subió –literalmente fue subirse, porque la cabina estaba a dos metros y medio del piso- a su Silverado  4×4, dorada, doble cabina, con vestiduras de piel de cocodrilo, estéreo Bosse, con sistema bluetooth, internet y sistema satelital y que por supuesto, no podía faltar el clásico motor alterado, que rugía como todo un verdadero  león de la sierra –aunque se escuche como gritante de música regional sinaloense-.

Al verse liberado de la omnipotente presencia de su padre, nuestro futuro Jackie Chan versión colonia el Palmito, de Culichis City –diría el gran Chalino Sánchez, el de la eterna alma enamorada-, le preguntó a nuestro ilustre instructor de Tae Kwon Do –no taicuando, como dijo Don  Onésimo Pascasio Félix-: ¡Profesor!, ¿Qué hago?, nuestro excelentísimo instructor de Artes marciales, le responde: ¡Fórmate atrás de Roy!, ¡Él te va a explicar lo que vas a hacer!, lo que él te diga haces, ¿Ok?. ¡Ojalá nunca hubiera dicho eso, nuestro muy ilustre y bien ponderado instructor del arte de las artes marciales!

Pasaban los días y las semanas, y parecía que nuestro David Carradine de bolsillo, ya empezaba a agarrar el rollo de las clases, los ejercicios y toda la mística oriental que la disciplina de dicho deporte brindaba a sus practicantes. Don Onésimo Félix, recogía a su muy amado y fino retoño cada tarde, y como buen padre atento y protector de los suyos, le hacía los correspondientes cuestionamientos a nuestro heroico y muy distinguido instructor deportivo.

¡Oiga profe! ¿Y cómo la ve con el Ony? ¿Usté cree que tenga futuro a eso de los chingadazos?, porque yo lo veo muy entusiasmado cuando se le llega la hora de venir al mentado taicuando, y ¡pos la neta!, se me hace que ya está agarrando portecito de machito, yo creo que usté, la está haciéndola gacha con mi Ony!, o ¿Cómo la ve usté?

¡Bueno!, Don Onésimo –le responde nuestro hacedor de preseas metálicas– la verdad que su hijo tiene mucho potencial, se ha disciplinado muy bien, siempre llega a tiempo, y sobre todo, se esfuerza mucho, y la buena influencia de su nuevo amiguito Roy, creo que ha sido fundamental para que veamos grandes avances, y ¡si!, su carácter se ha fortalecido más.

¡A que mi profe!, ¡Es todo mi compa!, fíjese que le estoy muy agradecido, y pos, ahí le estoy haciendo unas recomendaciones pa´que todos los chamaquillos de la plebada que jalan con un servidor, vengan a su escuelita, pero, ¡no solo eso!, le voy a dar unos pasecitos  gratuitos, pa´que se eche unas chelas bien heladas y le disparo unas chamaconas en uno de mis congalitos que tengo por allá, por la caseta cuatro, y ¡Pobre de usté que me diga que no!

¡Oh!, pues muy agradecido con usted Don Onésimo! De verdad, no era necesaria todas esas atenciones, con que me siguiera trayendo a su hijo, era más que suficiente, pero, claro que le caigo uno de estos días y pues allá lo veo.

Pero como dice el dicho: No hay día que no llegue, o fecha que no se cumpla, pues se cumplió lo inesperado, y lo inesperado pasó. Uno de esos días, normales y de rutina de ejercicios, al terminar la práctica deportiva, como era acostumbrado, el profesor les pidió a todos los muchachos a pasar a los vestidores, lo normal era que entre los 10 a 15 minutos todos los chamacos salían cambiados, e incluso, algunos  salían duchados y con ropa limpia.

Pero ese día,  ¿Quién sabe a dónde andaría el diablo?, que Don Onésimo llegó tarde por su chamaco, y aparte “a las carreras”, de modo que no lo esperó en su camioneta frente a la academia de Artes marciales; nuestro bien ponderado padre de familia, con toda la actitud de responsabilidad entró a la escuela, y al no verlo en las bancas, donde los jóvenes y los niños esperaban por sus padres, sin más ni más, entró de manera inocente a los vestidores, esperando encontrar a su hijo casi vestido para retirarse de manera inmediata.

Pero, ¡Ouch!, ¡Qué tremenda y estrepitosa  sorpresa se encontraría nuestro súper macho y bien bragado amigo, al sorprender y sorprenderse de  su retoño Ony y a su amiguito Roy, agarrados como dijo el gran poeta tropical Rigo Tovar:  “A Puro becho y abacho”, de manera estridente y con voz desde ultratumba, Don Onésimo le grita a su hijo: ¡Brayan Onésimo Félix Loera!, ¿Qué estás haciendo? ¡Hijo de tu chingada madre¡ ¡Cabroooón!, ¡Y yo que pensé que ya te habías curado!, ¡Ya saliste como mi carnal el Lucio! ¡Maricón, Joto sin calzones!, ¡pero ahorita te lo quito cabrón!

Como un verdadero tigre sobre su indefensa presa, Don Onésimo, atiborraba a nuestro próximo medallista olímpico a golpes, y patadas y una sarta de improperios que hasta los albañiles –dicho con todo respecto a tal gremio- que trabajan enfrente de mi casa, se hubieran sonrojado con tales palabras soeces y prosaicas, con tremenda carga de aversión a las personas con preferencias sexuales distintas a las propias.

De manera súbita, se acercaba el bien ponderado y galante instructor deportivo, y de manera forzada intervenía física y verbalmente para la defensa de nuestro ya esmirriado Ony. ¡Don Onésimo! ¡Por favor! ¿Qué está haciendo?, ¡No ve que es su hijo!,¡No lo trate así!, ¡Es un niño!, ¡Alguna explicación debe existir de todo esto!, y de manera simultánea, nuestro entrenador sostenía de los brazos a Don Onésimo.

Con un odio de los mil demonios, Don Onésimo contestaba de manera golpeada y a gritos: ¿Y cómo quiere que responda?,¿Eeeh? ¡Ese pishi plebe cabrón no es mi hijo!, ¡No quiero un jotillo en mi familia!, ¡Nooo Señoooor!, ¡Yo no voy a tener a otro Lucito en mi familia!, así que: O lo arregla y lo hace machito, ¡porque para eso le pago! O me lo chingo también a usté!, ¿Cómo la ve?

Nuestro entrenador, en ese momento sintió las de Caín y por unos breves momentos, meditó y re-pensó lo que tendría que comentarle a nuestro muy ofendido y desgarrado amigo. De pronto, una idea y una palabra que englobaría este asunto: El Arte. Sacando fuerzas del infinito y  más allá –así como el Buzz Lightyear-, se dirige nuestro Champion maker de manera osada, pero a la vez, con voz de convencimiento y encantoa Don Onésimo:

¡Don Onésimo!, su hijo Ony, es un cúmulo de virtudes y grandes habilidades para la cuestión artística, nuestro Ony, siempre demostró disciplina y gran atención a todas las instrucciones que un servidor brindó, cualidades natas de un gran artista, es más, en una ocasión que pedimos que alguien personificara a una víctima por ataque de unos vándalos, su hijo Ony, lo hizo excelente. La actuación la trae en las venas, ¡Qué digo en las venas!, ¡Es un actor de corazón!

Por lo que, sí usted me permite, yo podría contactarle a una gran artista, y que además tiene su academia de arte dramático, música y Ballet, y permitamos que Ony decida cuál de estas disciplinas artísticas quiere desarrollar, ¿Qué le parece? Don Onésimo, con no muy buena disposición y a regañadientes, se tranquilizaba y por obra y gracia milagrosa de Jesús Malverde –siempre tan milagroso cuando uno lo pide-, con un silencio sepulcral, asentía y con breves movimientos de cabeza afirmaba, no muy seguro, pero al final, lo aprobaba.

En realidad, no tengo muy claro que pasó de manera inmediata con Brayan Onésimo Félix Millán, -ese era el nombre completo de nuestro ex casi campeón olímpico de Tae Kwon Do- y menos con su padre Don Onésimo Pascasio Félix Bernal, lo único que si les puedo afirmar, es que nuestro buen Ony, lo vi en una de las giras de la Royal London Ballet Company, en una de esas muchas ocasiones, que anduve en la ciudad de los palacios, por cierto, era primer bailarín de la compañía.

Bueno, y ustedes dirán: ¿Y cómo supiste  que era el Ony ese bailarín?, ¡Muy sencillo! En la entrada del teatro – que por cierto era Bellas Artes-, me dieron un programa y ahí decía el nombre de nuestro ilustre y gran bailarín de primer orden, sólo que ahora, su nombre estaba escrito de manera muy british way: Bryan O. Felix (first dancer), ¿Kiuubooo? ¿Cómo les quedó el ojal?

Recuerdo que en primera fila, estaba su madre y su padre, eran una algarabía. Doña Chona Millán no paraba de llorar de la emoción, por su parte,  Don Onésimo sin intenciones de cubrir en lo más mínimo, la emoción de ver a su hijo ya convertido, en uno de los principales bailarines de la compañía, estallaba en gritos y frases geniales.

 ¡Ese es mijo, ese mero!, ¡Ire, ire que bonito baila!, y de pronto, volteaba con las personas de lado –obviamente toda la concurrencia experimentaba un sentimiento de espanto, sin saber si llorar o echarse a reír a carcajadas-, y como si fuera un niño con juguete nuevo, se paraba en su asiento y con voz fuerte y de orgullo,  gritaba a la concurrencia: El que baila de puntitas es mijo, ¡ese!, ¡ese mero!

Por supuesto, que los agentes seguridad del teatro, llegaban para silenciar a nuestro muy orgulloso padre de familia y de manera sorpresiva atendía a las ordenes de nuestros gendarmes del arte. Eran otros tiempos. Ya no era tan bronco nuestro ilustre padre de familia.

Curiosamente, esa misma noche me los encontré en el restorán Sangrons del Centro histórico chilango, ese edificio que está toditito tapizado de azulejos –que por cierto, muy caro el pan de ahí, ¡eh!-. Aquella era verdaderamente, la más excelsa  y entrañable escena  de   amor y perdón familiar.

Habían pasado muchos años, y aquel reencuentro significaba la redención de Don Onésimo con su hijo, las palabras fueron lo de menos. Un fuerte y largo abrazo y un ¡perdóname mijo! Eran la culminación perfecta de años de doloroso exilio por no ser como el padre quería que fuera.

Ya recuperados de la emoción y con el clásico porte que a Don Onésimo le  caracterizaba, dijo las siguientes frases: ¡Vieja!, ¡te lo dije!, ¡El Ony iba llegar muy lejos!, ¡A qué mijo!, ¿Quién iba decir que el Ony iba a pasar del puño a las puntas? ¡Mija! Yo siempre supe que iba llegar a ser una gran estrella, ¡Pos si es de familia, cómo chingaos no!