Este miércoles 7 de abril estuve en CU, por los comentarios que me comenzaron a llegar con motivo de las jornadas de vacunación que se están realizando ahí, y que –me afirmaban- remitían a las imágenes de aquel estacionamiento gringo donde miles de vacunas por hora eran aplicadas a los conductores, profusamente difundidas en su mayor parte por quienes todavía hoy, reclaman que este gobierno mexicano no sea capaz de por lo menos estar a la par del estadounidense, lo cual es cierto más no es novedad… ni pecado, ni obligación, ni posible.
Como era de esperar, las afirmaciones no resultaron ciertas: aquello ni de chiste era como en el video gabacho. La primera diferencia consistía en un circuito donde los vehículos requerían de entre 15 y 20 minutos para recorrerlo, con ingreso por la parte trasera de Torre Académica, donde de inmediato la tropa iniciaba la fiesta de las bayonetas sobre los hombros de los ocupantes; ya hecho lo más principal, los vehículos continuaban moviéndose hacía los accesos que dan a la calle Josefa Ortiz, para atravesarla e ingresar a la unidad mayor de CU y llegar a la salida al boulevard Universitarios, donde topaban con otro grupo de personal de salud con una batería de preguntas para detectar reacciones secundarias, pues en caso de haberlas desviaban el vehículo al estacionamiento para fusilar a sus ocupantes e incinerar sus cuerpos (Esto último es inserción pagada por YSQ), mientras los restantes concluían su experiencia reintegrándose al tráfico de la ciudad.
El sistema funcionaba bien y era notorio el por qué: lo pensaron antes. Crearon el sueño dorado de todo culichi, que no es otro que el de hacer las cosas sin bajarse del carro.
¡Claro qué también! No se hagan ¿O cómo estuvo cuando cerraron los mot… ivos que los hicieron exclamar?
La ecuación longitud del recorrido/velocidad cumplía con el periodo necesario para detectar probables reacciones secundarias pero sin provocar sobrecalentamiento del motor, es decir que eliminaba un tiempo de espera que a su vez demandaría estacionarse, desplazarse a pie, una posible platicada en el inter, salas con mobiliario y personal… se trata de un principio que inventó pancho Villa y que a su vez inspiró la columna vertebral de la blitzkrieg alemana: si mantienes el movimiento necesario durante el tiempo suficiente, logras tu objetivo antes de que tus limitaciones comiencen a afectarte. No es algo nuevo, pero sigue siendo muy efectivo.
No resulta ocioso subrayar lo evidente: compárenlo con los reportes de quienes han asistido a lo mismo, pero donde organización y operación son del gobierno.
No resulta ocioso, lo repito, porque a diferencia de lo que fue el operativo al interior de CU, el perímetro de alrededor se volvió un reverendo cagadero (perdón por mi francés) gracias al comportamiento natural y esperado de los culichis, quienes para variar se pasaron por el arco del triunfo todos los señalamientos y todas las indicaciones de que el acceso era en fila india, pretendiendo -en una excesiva cantidad de casos- meterse adelante por la vía del agandalle, con toda impunidad frente a una magra presencia de agentes de tránsito, aunque mucho, muchísimo más numerosa de la que se puede ver en el video gringo.
No cabe duda que una cosa es dársela de distintos y otra es serlo de verdad, como tampoco es lo mismo presumir de príncipe salvador de secuestradas.
Tampoco cabe duda de que hay coincidencias a las que cuesta trabajo considerarlas como tales, como ocurrió este mismo miércoles 7 de abril –cómo me duele esa fecha-, que falleció Arturo Guevara Niebla, con quien me tocó hacer historia en la UAS y en DIFOCUR, junto a una vasta palomilla entre quienes estaban Alejandro Mojica, el güero Valencia, Jorge Luis Hurtado –tilichito-, Rigo Rodríguez, pepe y chifi Bañuelos, el mozko Flores… entre otros. A su esposa Josefina y a sus hijos, desde aquí un abrazo.
A mí me gustó mucho ser joven; hay evidencias sobradas para aventurar que en toda la historia de la humanidad, el mejor momento para serlo fue una ventana de oportunidad no mayor a ocho años, que aquí en México sería para los nacidos de 1948 a 1956; pertenezco al último de esos selectos grupos, cuya formación concluyó antes de que por elpan de la prisa, la paciencia y la culpa fueran abolidas. Percibo diferencias enormes ante lo que implica ser joven hoy, tantas que no tiene sentido intentar enumerarlas y es mejor optar por encontrar lo contrario, las semejanzas.
Quienes hemos llegado a abuelos, adquirimos una perspectiva temporal que viene aparejada al hallazgo de que la flecha del tiempo no es lineal sino circular: donde el camino acaba siempre habrá alguien iniciándolo. En agosto del año pasado, con motivo del día de los abuelos, el portal SINALOATV.MX publicó una serie de videos alusivos, uno de ellos está musicalizado con la indudable mejor versión que Shinnead o Connor ha hecho de I Don´t Now How To Love Him, lograda durante su presentación en vivo en The Graham Norton Show, la cual tuvo una falla de audio previa al final, quedando así para siempre. Me llamó la atención el buen recibimiento que tuvo entre amigos que, por su juventud, no tenían ninguna referencia sobre ella. Traigo esto a colación porque, mira que cosas, esa balada es una pieza que nos trae una historia sobre cómo era ser joven más antes; Contiene de todo: Amor! Peleas! Traiciones! Música! Muertos! Sorteos!
¡Síganme los buenos!
Como ella misma lo describe, la interpretación lograda por Shinead aquella noche en los estudios de la BBC, fue resultado del impulso emocional brechtiano (manipular el estado emocional del actor hasta hacerlo coincidir con el del personaje) provocado por el estado de gravidez en que claramente estaba y por la presencia en el plató como invitado, de Andrew Lloyd Webber, compositor musical de Jesucristo Superestrella, la primera rock ópera digna de ostentar ese nombre. No Sé Cómo Amarlo es un título que obligadamente nos remite a una posible balada de Fay, o Tatiana, o algo así… y de hecho lo sería… si no fuera que… Jesucristo Superestrella es inglesa… y salió a la venta como álbum en 1970 y consiguió llegar al primer puesto del Billboard en dos ocasiones, con las canciones Superstar (interpretada por Murray Head y The Trinidad Singers) y I Don’t Know How to Love Him (interpretada por Yvonne Elliman). En 1970 la situación político-religiosa ardía en Inglaterra contra los católicos irlandeses, que ya tenían al IRA (Ejército Republicano Irlandés) como brazo armado y se conectaba con la OLP en Medio Oriente y la Baader-Meinhof alemana, para crear el triángulo de oro del terrorismo; en aquella Irlanda, si alguien gritaba en la calle ¡Me cago en Dios! era hombre muerto. Mientras tanto, aquí en Culiacán el respeto a las creencias se pedía a cachetadas, después de eso cada uno decidía si las concedía o las negaba; más de uno cambió de religión; no fueron pocos los que se quedaron esperando la ayuda de Dios. Pero esa es otra historia. El punto es que en 1970 no era cualquier cosa la aparición de una obra musical -¡Una rock ópera!- sobre La Pasión, donde entre algunas nuevas sugerencias estaba la de una relación algo equívoca entre el nazareno y el personaje de Yvonne Elliman, quien interpreta No Sé Cómo Amarlo, mientras lo unge con aceite y mirra. El personaje es María Magdalena.
¡Imagínense! ¡El incendio!
En 1974 llegó la película a Culiacán, y con tanto ruido previo el interés por verla era enorme; el estreno lo pusieron desde las diez de la mañana un viernes en el cine Diana; esos sí sabían hacer negocio; a las nueve y cacho, una marabunta de diociochoañeros, compuesta por los tres grupos de segundo grado del sótano de la Preparatoria Central Diurna de la UAS, salimos rumbo a la calle Rosales para irnos derecho hasta la Obregón y de ahí torcer hacia el cine. No. De ninguna manera. Yo nunca estuve en el sótano; me tocó en el piso de en medio, el de la rampa, en unos salones que estaban antes de la dirección y que después los hicieron laboratorio (Ya nadie quiso mancillar aquel suelo sagrado donde yo pisé). En realidad era debido a ese lado generoso que me ha distinguido siempre, y que cada que la gleba y la canalla se ponían en categoría de horda, con mi presencia noble yo condescendía a dotarla de cierto encanto y dignidad.
Pues ahí vamos en bola. Bola grande. Nomás un detallito se nos pasó por alto.
Eran los tiempos cuando para el descuento en los urbanos, usábamos de credencial unos dos o tres, a veces hasta cuatro camiones secuestrados e incendiados a un lado de la plazuela Rosales; camionero que te lo negaba luego se daba de santos porque no lo habían incinerado con la unidad; la Liga Comunista 23 de Septiembre secuestraba y mataba; el gobierno te desaparecía… y en ese entonces, por la Rosales, donde hoy está el Archivo Histórico, donde ahorita un amigo mío trabaja y me jura que ahí espantan -que se oyen ruidos-, ahí mismito estaba la Policía Judicial del Estado, que en esas fechas contaba entre sus filas a más de un predestinado a ser gran figura del narcotráfico; cuando vieron el bolón que según ellos se les venía encima, pensaron se trataba de una invasión de comunistas rusos que destruirían el clima de tranquilidad y paz social que gozábamos, para implantar un régimen donde se nos obligaría a comer niños asados porque en las tiendas de Rusia nunca había nada para comprar. Y aparte que nomás Moscú tenía tiendas.
¡Ah qué pendejos éramos! ¡Pero cómo nos divertíamos!
La retaguardia de nuestro grupo acababa de cruzar la Morelos y por ahí les cayeron como seis camionetas de judíos mientras, casi simultaneo, en la primera línea de nuestra vanguardia pasábamos frente a la puerta de la corporación ¡Claro que yo iba adelante! ¿Quién presidiría entonces? Me valió haber estado al frente, porque cuando de adentro salió a darnos los buenos días una andanada de granadas de gas lacrimógeno, balas de goma, una que otra de a devis… y en aquellos tiempos sí tiraban a dar… una heroica escuadra compuesta por cuatro bravos: el pinocho Monroy, el frijolito Uriarte… me parece que el chino Mojica y yo, sin perder la vertical ni el paso, con la firmeza y la serenidad de quien ha hecho del acto de dar órdenes su actitud ante la vida, nos fuimos de frente mientras a nuestras espaldas se armaba la gorda. Y se armó en serio. Tuvimos tanto éxito (les digo que sin realmente serlo, eso de lo noble de todas formas me sale muy natural), que nos alcanzó para medio meternos a un changarrito poco más grande que caja de Petri, en la esquina frente a Correos: Los Tres Cochinitos, se llamaba. Vendían unos tacos de maciza que me acuerdo y todavía lloro. Ya en serio, el caminar con elegancia -como las hormigas de Francia- fue porque el miedo es canijo y la fruncida que pegamos nos puso el que les conté casi al punto del trasrosque. Parecíamos bastoneras por la forma como llevábamos el mismo paso; pero nos llevó hasta los tacos; avergonzados y humillados, pero sanos y salvos y con hambre.
¡Pa´ su madre! ¡Qué buenos estaban esos tacos!
No habíamos desayunado, más el miedo, y traíamos lana (Aitá: yo no era de los del sótano.); encima, al estar taqueando denotábamos un estándar económico que nos eximía de cualquier sospecha sobre profesar ideologías exóticas, de aquellas que sólo servían para ahuyentar inversiones extranjeras y ofrecer mal aspecto al turismo. Insisto ¡Qué buenos estaban esos pinches tacos! Y si les agregamos como espectáculo del medio tiempo a la fracción troglodita de nuestras fuerzas del orden, empeñados al 110% en ponerles la madriza de su vida a todos los de los tres grupos de segundo grado, del sótano de la preparatoria central diurna (en los cuales yo nunca estuve), cómo no nos iban a saber a gloria aquellos tacos. Aparte, hagan de cuenta estábamos en palco: mínimo a tres les cambiaron el estado civil a culatazos y a más de uno le rompieron toditito el hocico ¡enfrente nuestro! ¡Fíjense nomás! Lo que debieron sufrir esos pobres compañeros nomás por no tener para pagarse unos tacos; ahora sí que además de hambreados, madreados; nos conmovieron; nos hicieron descubrir que la desigualdad tiene su lado bueno, sobre todo cuando es el que te toca a ti.
¡Qué tacos, Dios mío! ¡Qué tacos!
De una forma u otra, para antes de las diez todos habíamos encontrado la manera para reagruparnos de nuevo en la taquilla del cine; bueno, sin los que quedaron con hocico de Mauricio Garcés porque como en las refresquerías de adentro no te daban popotes, y a cómo les habían dejado la buchaca los perjudiciales no iban a poder tomar refresco, y como en aquellos tiempos si no ibas al cine a tomar refrescos pues entonces a qué chingados ibas… pues no entraron ¡Mira! Otra vez el lado bonito de la desigualdad. Uno se puede acostumbrar rápido a eso. Otros que tampoco estuvieron fueron a los que sí se llevaron detenidos, pero de esos quién sabe ¿Quién iba a andar viendo por ellos? Ahí los han de tener todavía, calentándolos y gritándoles ¡Quién encabeza al movimiento telúrico!
No lo duden esos son los dizque fantasmas. A ver si no se les vuelve vicio.
Lo que intento transmitir a ustedes, es la noción de una atmósfera que en aquella época lo permeaba todo, donde no había asunto que no valiera la pena abordar y a los jóvenes se nos concitaba a hacerlo; cosa muy distinta observo hoy, en un mundo donde en apariencia quedan muy pocas cosas que no puedan resolverse con sólo apretar un botón, donde dudar es inútil pues en aras de la holgazanería intelectual disfrazada de comodidad, hemos renunciado a nuestra condición heurística (la necesidad de entender las cosas) hasta el extremo de que es políticamente incorrecto ver al mundo como un conjunto de problemas por resolver; sin embargo, encuentro en los muchachos de hoy la misma ansiedad que padecimos nosotros y nuestros padres y nuestros abuelos, frente a una realidad cuyas contradicciones reclaman una mínima justificación que les dé sentido, pero a diferencia de nosotros estos jóvenes de hoy pertenecen a un mundo donde las preguntas dejaron de existir, donde lo difícil es encontrar rastros que los lleven por caminos inesperados tal y como nos ocurriera a muchos aquella mañana de viernes en el cine Diana, donde una película musical fue el punto de una madeja que todavía hoy, al menos yo, no logro terminar de desenredar (menos mal fue película y no libro): Jesucristo Superestrella formaba parte de una serie de obras que partían de las primeras traducciones sobre los rollos del Mar Muerto, donde un Jesús histórico se desprendía del Jesús místico para producir una tormenta de ideas provocadoras, entre ellas la que tomó Nikos Kazantzakis en su novelaLa Última Tentación de Cristo(1951), obra retomada por Martin Scorcese en 1988 para la película del mismo nombre, donde el primer nivel del texto plantea a partir de una relación terrenal entre Jesús y María Magdalena, la propuesta de que por la vía del amor sí es posible un paraíso en esta vida y que resulta inobjetable, frente a la capacidad de Kazantzakis para trasmitir los sentimientos que afectan a cada uno de los personajes de aquel tragedión.
¡Aguas! esto que viene es muy interesante.
¡Amá! ¡Ya píquele con la burundanga y véngase a ler!
Filósofo, novelista, dramaturgo y poeta, Nikos Kazantzakis es también autor de Zorba el Griego y perteneció a una categoría probablemente ya extinta, de hombres cuyos pies descansan sobre siglos distintos y para los cuales aún no tenemos nombre: casado y divorciado n veces, trotamundos con domicilio en París, Berlín, Italia, Rusia, España, Egipto, China, Japón y Checoslovaquia. En Berlín abrazó el comunismo y fue amigo de Lenin para desilusionarse después con Stalin; sin abjurar de su orientación fue suavizando su nacionalismo hasta ejercer un cristianismo primitivo que lo convirtió en un hombre bueno. La Última Tentación de Cristo, según muchos, es en respuesta a una obra crucial para el existencialismo,A Puerta Cerrada, de Jean Paul Sartre, cuya naturaleza se refleja en su famosa frase El infierno son los demás (L’enfer, c’est les autres). Estrenada en el París previo a la liberación en mayo de 1944, en A Puerta Cerrada Sartre crea un concentrado de amargura que nos cancela toda esperanza de redención, en pocas palabras nos dice que no hay para nosotros ningún paraíso en ninguna parte: somos criaturas de corazón estéril, en este mundo que es un purgatorio donde nos preparamos para lo que viene después: torturar a nuestros semejantes cuando ellos cumplan con hacernos lo mismo… por toda la eternidad. La idea de contraponer ambas obras puede o no ser correcta, pero es hermosa y enriquece la noción que tenemos sobre nuestra profundidad emocional y nos economiza la tarea de comprendernos a nosotros mismos; sin embargo, para el momento de Jesucristo Superestrella las connotaciones de esa ruta podían ser demasiado, además de no requerir justificaciones la vertiente escogida por el letrista Tim Rice, para hacer de la culpa la piedra angular de su rock ópera, con un apóstol trágico que sin dudar cumple su deber frente a un Dios padre empeñado en un poco claro proyecto filicida, que acaba consumiéndolo hasta un punto donde él pudiera ser el verdadero mártir de la Pasión: Me has hecho cómplice de tu horrendo crimen, grita al aire Judas en su último gesto antes de ahorcarse. Esa visión reivindicatoria de Judas no era tan nueva, como después lo descubrimos con tres textos formidables de Jorge Luis Borges, inspirados en el teólogo alemán Runeberg, quien en su momento aventurara la idea de que el verdadero mesías bien podría estar enmascarado en Judas. Esta fascinación por el personaje más oscuro del cristianismo, radica en su innegable calidad metafórica de la culpa así como toda esa complejidad con que se nos manifiesta; la culpa es quizá una de las fuerzas que obligaron a la invención de la filosofía: puede ser la piedra angular que ha sostenido a todas las civilizaciones, si se resuelve a su favor la interrogante sobre qué es lo que nos inhibe de incurrir en el mal ¿El placer de la recompensa o el miedo al castigo? Conceptos todos ellos subjetivos, que no relativos, es decir no hay respuestas sencillas ni breves, de hecho no las hay y por lo mismo es menester no abandonar nunca su búsqueda.
La vida no es para gozarla, es para entenderla.
Pd: SINALOATV.MX, de su apartado UNA VEZ AL DÍA, POESÍA, estará publicando de nuevo durante semana santa su serie de 14 estampas (a semejanza de las 14 estaciones del viacrucis) Yo Judas, sobre las diferentes visiones que a lo largo del cristianismo han surgido en torno al más enigmático de los apóstoles.
El tío Adolfo es buen ejemplo de un error común desde su época: confundían lo grandote con lo grandioso. Por eso no tuvo la bomba atómica antes que los gringos. Pago caro su poca elasticidad mental (adaptarse a nuevas ideas) y su baja capacidad para la abstracción (ver la utilidad de una idea nueva): Alemania poseía la mayor reserva de físicos importantes de aquel momento y Hitler tuvo la propuesta más temprana para desarrollar una bomba atómica. La rechazó. No debe extrañarnos, el espíritu de esa época era el monumentalismo: Suez y Panamá, el Titanic (ni Dios lo hunde), la Torre Eiffel, el Bismarck, el Tanque Tiger I, La Locha… ninguno de los liderazgos del momento entendió la trascendencia de las reacciones atómicas en cadena: no era fácil imaginar de lo que podían ser capaces unas babosaditas que nadie había visto –ni vería- nunca, pero que ahí estaban, según afirmaban a Hitler sus mismos físicos alemanes que poco después migrarían a USA. Con todo y los tratados de Versalles y la crisis del crac del 29, cuando el Tercer Reich llegó al poder en 1933 Alemania superaba a todas las naciones del mundo en educación, cultura, desarrollo científico, industrias de punta… recientemente había parido al marxismo, al sicoanálisis y a la teoría de la relatividad… su sociedad se distinguía por su disciplina, su racismo y una vocación belicista del tipo ustedes disparen y después virigüen. Sigue siendo motivo de discusión y de asombro que un pueblo con esas innegables virtudes, además de poseer una rancia tradición militar, le haya entregado el poder a… un cabo.
Con esto de la pandemia, seguimos presentando una cualidad de teflón para aceptar, adoptar y adaptarnos a lo que nos han estado recordando los científicos de verdad, no los burócratas de la ciencia: un virus es un fenómeno natural. Las leyes de la naturaleza son cumplidas rigurosamente por todos los fenómenos que se dan en ella, pero ninguno lo hace de la misma manera y para evitar sus efectos nocivos nos hemos visto obligados a encontrar diferentes respuestas para cada caso: una sequía puede medio predecirse, al igual que la trayectoria de un ciclón pero con mucho mayor certeza, mientras que frente a los terremotos estamos inermes. Esta primera diferenciación es necesaria, porque debemos tener claro que a las fuerzas naturales no se les enfrenta porque no hay manera de ganarles, lo que se hace es sacarles la vuelta: la sequía se puede atenuar ahorrando agua o inyectando nubes pero el aire seco ahí seguirá; los barcos pueden buscar refugio, las ciudades pueden reforzar ventanas pero al ciclón no lo vamos a mover de trayectoria; contra los terremotos, salvo los sistemas constructivos y en algunos casos las alertas tempranas no hay más, pero al terremoto en sí no le hacemos ni cosquillas ¡Claro! ¿Cómo te le vas a oponer a un terremoto o a un ciclón? Razonarán ustedes, curtidos en atestiguar con frecuencia esos cataclismos ¿Pero a las amenazas chiquitas?
Nadie le dio mucha importancia a la noticia porque nadie se asustó con ella. Así de felices seguimos después de un año liendova drema ¡Y vamos por más! Kit Yates es un experto en matemáticas de la Universidad de Bath, en Inglaterra, de quien sospecho ya anda hasta la madre de aislamientos y distancias sociales, porque realizó un ejercicio matemático propio de desquehacerados pero en nivel desesperación: calculó que al juntar todas las partículas del virus de Covid-19 que hay en este momento en el mundo, ocuparían un espacio equivalente al de una lata de refresco de 300 ml. Eso que pensó usted (no puede ser) es lo mismo que pensó Hitler y por las mismas razones: no hay manera de darse una idea acerca de lo que estamos hablando. En parte esa fue la razón que llevó a Yates a realizar el ejercicio: poner de manifiesto cuánta devastación causan las minúsculas partículas víricas. Al final viene el enlace a la nota (Forbes) donde describe metodología, analiza resultados, comenta sobre el virus y ofrece lo que arrojó su cálculo: dos trillones de partículas (2 000 000 000 000 000 000 000 000) que bien caben en una lata de refresco, porque el diámetro promedio de la cepa anda en 100 nanometros (-100, 000, 000, 000), lo cual nos brinda un asidero porque ¿quién no ha visto un metro? Esa imagen que tiene usted en su cabeza pártala por la mitad, a las dos resultantes hágales lo mismo hasta obtener cien mil millones de piececitas. Adonde quiero llegar es a que no puedes esconderte de algo así; te puedes salvar, que no es lo mismo, porque la diferencia está en la cantidad de esfuerzo que debemos dedicarle: la opción ocultarse es… eso nada más… y esperar que la suerte no se ensañe con nosotros, lo otro es tomar el toro por los cuernos y asumir el control de daños. Hace un año nos expusieron con claridad que la única solución sería una vacuna y ya la hay, por lo tanto la novedad es que entre el público ya comenzaron las dudas sobre los posibles riesgos. Conclusión: tuvieron todo un año para documentarse pero no lo hicieron porque estaban muy atareados escondiéndose. Ya le están repelando a la solución que se esperaba y aparte nadie hace un balance sobre la relación costo beneficio.