Opinión
TRES A LA SEMANA ¿EL CICLO SIN FIN?
CUARTA DE CULTURA Y MILITARIZACIÓN, VIDAS PARALELAS
Jorge Eduardo Aragón Campos
¿Cómo está eso de “la militarización de la seguridad en México”? ¿De qué otra cosa nos falta por enterarnos? ¡De que hace calor en Culiacán! Hace más de 10 años, el gobierno federal encabezado por el presidente civil, Felipe Calderón, renunció motu proprio a esa potestad (¿Cuántas van ya?) y la cedió a la milicia; dicho con palabras más acordes a la temática: rindió su espada. Si algo sobró en aquel momento, fueron voces desde autorizadas hasta significativas y experimentadas, que advirtieron de ese hecho como el inicio de un proceso imposible de detener y cuyo producto final sería un gobierno militar, tal y como efectivamente ocurrió, es decir, hoy ya estamos mucho más próximos a ello, que cuando hicimos nuestro Pearl Harbor en Xochimilco con chanateros y chinampas. Y aun así vean cuántos muertos van. Concretando: Calderón nos metió a la guerra; Peña Nieto le dio continuidad; AMLO pretende seguirla.
Pero antes…
Lo que en verdad hizo Felipe Calderón, fue una de esas maromas propias de la política mexicana: para resolver un problema suyo (su legitimidad), creó uno más grande y nos lo aventó a nosotros (su guerra). ¡Ah! ¡Cómo me recuerda a alguien que yo conozco! Con ese acto de prestidigitación, volvió a juntar y a revolver lo que anteriormente ellos mismos (el gobierno) habían separado con la intención de seguir escurriendo el bulto en ese renglón: poner en estancos separados a la delincuencia común y al crimen organizado. A partir de la declaración de guerra, a toda conducta ilegal se le fue mandando al inventario de la “inseguridad”, desde el “dos de bastos” que ejecuta el carterista a bordo de un camión urbano, hasta el fusilamiento de 17 civiles durante un sepelio en Michoacán ¿Cómo que no son lo mismo, verdad? No lo son, porque en ambos casos estamos hablando de un signo que se refiere a un mismo síntoma, dicho en otras palabras: son cotas de la corrupción. El carterista, el ladrón que aprovecha el domicilio solo, etc. prosperan en la medida que se corrompen los encargados de combatirlos, que en ese caso suelen ser la policía municipal o las estatales, mientras que el crimen organizado para prosperar requiere de conexiones más arriba, mientras más “arriba” mejor. El verdadero logro de Calderón con su Guerra, fue socializar a escala nacional lo que aquí en Sinaloa es una verdad atestiguada y documentada desde hace casi 100 años: el narcotráfico es una actividad que sólo prospera cuando opera en contubernio con el gobierno. La narrativa del expresidente donde describe que al asumir el cargo le entregan el mapa de los territorios controlados por los narcos, los datos pueden ser ciertos pero la interpretación es falsa. Lo que en realidad vio, fue el Estado de Resultados de una de sus franquicias donde sus socios habían iniciado un proceso de compra hostil. Lo que no quiso ver, ni reconocer, ni admitir (para mantener ese margen de maniobra para sí), es que todo era debido al mal manejo del gobierno desde décadas atrás: el negocio es del gobierno; el beneficiario es el gobierno; el responsable es el gobierno. Es una de las poquísimas cosas que hasta el día de hoy se mantienen vigentes a escala global: el gobierno es el único que decide qué droga es legal y qué droga no, a su vez el único facultado para hacerlo valer es ese mismo gobierno. Hagan de cuenta el papel moneda y, por favor, recuérdenlo cada que vean a alguien del gobierno hablando a favor de la digitalización monetaria.
Aquí en Sinaloa tenemos una leyenda sobre el gobernador Sánchez Celis, donde lee la cartilla a los capos regionales reunidos para ello: aquí ustedes tienen su negocio y el gobierno tiene todo el resto, ustedes no se meten ahí porque entonces el gobierno se mete con ustedes. Dándola más como referencia temporal (los sesentas) que por buena, hay un hilo conductor que desde allá viene y se toca con el momento donde Calderón declara la guerra, para de ahí continuar y hacer lo mismo no hace mucho, donde la mano presidencial da un saludo en una parte alta de la sierra de Sinaloa.
Todo inicia y todo termina aquí.
El espacio para la entrega de hoy se acabó, seguimos en la próxima.
Seguridad Frente a Cultura ¿Cuál Está Peor?
TRES A LA SEMANA: SEGURIDAD FRENTE A CULTURA ¿CUÁL ESTÁ PEOR?
TERCERA DE CULTURA Y MILITARIZACIÓN, VIDAS PARALELAS
Jorge Eduardo Aragón Campos
Quien se beneficia de un crimen se vuelve cómplice, así no haya participado ni metido las manos; eso y no otra cosa es lo que les pasó a los de cultura municipal frente al desaguisado provocado por expresiones culturales sinceras, reales y explicables, relacionadas con el narco, durante un evento pedorro (eso también hay que decirlo; así) cuya única relación con lo que se supone deben ser las fiestas de aniversario de la capital, fue la aportación de “una corta” para compartir el mérito de los que hicieron la chamba. Esta es la parte buena.
Nadie tiene cara como para plantar cara, esa es la verdad con respecto a este asunto. Si los de cultura municipal hubieran tenido cierta noción de integridad y de oportunidad política (además de hombría), se habrían puesto de parte del artista en defensa de su derecho como creador, de su libertad de expresión y del conjunto de garantías individuales que a él, a usted y a mí, nos facultan para cantarle bonito a quien nos dé nuestra rechingada gana (perdón por mi francés). Esa era la oportunidad para echar luz sobre el elefante en la sala: con este ya son por lo menos tres sexenios de asfixia presupuestal paulatina a la cultura, hasta llegar al punto de prácticamente cero donde estamos hoy. Lo que se está haciendo en cultura (no nada más ahí) es taparle el ojo al macho, lo cual tampoco es pecado pero sí tiene su ciencia. Bronca de ellos.
La bronca que sí es nuestra, es esa costumbrita de cambiar oro por espejuelos; lo que hubo fue un acto de censura con el pretexto de que se hacía “apología de la violencia” ¡Órale! ¿Y con la letra de cuál canción de Juan Gabriel vamos a sustituir la del Himno Nacional? Aunque pensándola con calma…
Mexicanos al grito de
¡Vamos al Noa Noa! ¡Noa Noa!
¡Y retiemble en sus centros!
“Una guirnalda de buganvilias…”
¿Con toda honestidad, en verdad alguien se traga ese cuento de que toda esta situación es porque les aplaudimos a los que andan en el desmadre? ¿Neta? ¡No mamen! Recapitulemos un poco ¿De qué se trata todo esto? Se trata de que con el beneplácito de quienes integran el propio sector, al arte se le echó a cuestas parte de las funciones que corresponden a los cuerpos de seguridad, todo en aras de lograr mayor presupuesto, porque para la federación, exceptuando el salinato, desde 1982 para acá la cultura ha sido el equivalente a una verruga a la altura del cuello de la camisa; siendo muy francos, así ocurre también a nivel estatal, municipal… familiar… personal. Aunque debo reconocerlo, cada día crece el número de quienes le conceden la suficiente importancia como para acordarse de ella cada que tienen algún reclamo contra expresiones artísticas que les molestan. No hay nada que la censura no pueda empeorar; no hay nada que la censura pueda mejorar. No existe una apología de la violencia como la que proclama la autoridad, lo que sí existe es una impunidad bárbara y monstruosa y una atmósfera de absoluto desamparo ciudadano, cuya explicación sólo puede ser una: el gobierno –y solamente el gobierno- no hace su trabajo y punto. Todas esas ridiculeces de la “actitud social” o de “la irresponsabilidad colectiva”, no son más que coartadas para escurrir el bulto con el cumplimiento de la más elemental de sus obligaciones y encima sacan raja, como lo acaba de hacer el gobernador de Sonora al imponer una ley mordaza, que le servirá para defenderse de quienes, por decir lo menos, ni son sus enemigos ni son sus cómplices.
Dijera un ya finado amigo mío: respuestas perversas a problemas reales.