¿Qué esperar de las elecciones en Estados Unidos? (I)

César Velázquez Robles

 

Las elecciones intermedias en Estados Unidos de este martes 6 de noviembre han modificado el mapa de la distribución del poder político, pero sin llegar a constituirse un cambio que altere de manera radical la correlación de fuerzas entre demócratas y republicanos. Esta afirmación parecería contradictoria, pero no lo es: aquellos han ganado presencia –son ahora mayoría en la cámara de representantes–,  pero estos se han afianzado en la cámara de senadores, desde donde bloquearán muchas iniciativas que contra Trump y su política pudiesen poner en marcha los integrantes de la nueva mayoría demócrata. Se producirá una especie de bloque mutuo que evitará que avancen iniciativas de uno y otro signo, pero que no impedirán el funcionamiento de un modelo de relaciones y de reproducción del poder. Dicho en otras palabras: el diseño de la arquitectura institucional ha permitido que el sistema de pesos y contrapesos no paralice el sistema, pero si contribuya a limitar excesos y arbitrariedades en el ejercicio del poder.

Desde México, siempre observamos con atención e interés el desarrollo de la contienda por el poder en el vecino país del norte. Entiendo que, en principio, lo hacíamos porque las elecciones en nuestro país carecían de interés, al jugarse casi siempre con dados cargados. La disputa cerrada, sin las certidumbres mexicanas, nos hacían admirar el proceso en aquel país, y vivíamos con pasión e intensidad el desenlace electoral. En cierto modo, era expresión también de un proceso de colonización cultural, aspirando a imitar el modo de vida norteamericano, pero siempre mezclado con una especie de sentimiento anti-imperialista creado y recreado a partir de una visión acendrada del nacionalismo. Era y sigue siendo –aunque cada vez menos–, una visión contradictoria, pero real, de nuestra relación con el imperio.

Diría que así fue a lo largo de prácticamente todo el siglo XX. De mis recuerdos más remotos, está la elección a principios de los años 60 entre Richard M. Nixon y John F. Kennedy, quienes protagonizaron el primer debate televisado de la historia. Fue una elección cerrada entre el republicano y el demócrata, que recuerdo vívidamente fue seguida como si hubiese sido propia en gran parte del país. Más lo fue todavía la celebración por el triunfo de Kennedy, lo que confirmaba la vieja creencia de que la mayoría de los mexicanos simpatizaba con los demócratas. Si nos atenemos a las encuestas, esta percepción entroncaría con la realidad: los mexicanos tenemos más coincidencias con los demócratas que con los del símbolo del elefante. Si nos refiriésemos a la elección presidencial de 2016 en Estados Unidos, según una encuesta levantada por el Gabinete de Comunicación Estratégica  para saber por quién votarían los mexicanos si pudieran hacerlo, el 82 por ciento señaló que apoyaría a la demócrata Hillary Clinton.

Tenemos la creencia de que a México le va mejor con presidentes y/o gobiernos demócratas. Pero hay datos duros de la realidad que parecen decir lo contrario. Uno de los especialistas mexicanos en materia de relaciones México-Estados Unidos, Jorge Bustamante, sostiene que a nuestro país “le ha ido mal con los dos”, es decir, con demócratas y republicanos. Otros analistas sostienen que “habría que ponderar”, y enlistan diversos asuntos que definirían el perfil de los vínculos entre los dos países:

“Desde los primeros años del siglo pasado los gobiernos del Partido Demócrata han tomados decisiones que afectan a su vecino del sur”, recoge la BBC Mundo en una investigación. Añade: “en los dos periodos de Barack Obama, unos tres millones de personas fueron deportadas, la mayoría originarias de México”. Frente a ello, “durante una administración republicana se estableció la única regularización migratoria que ha habido en Estados Unidos”, y ello fue en 1986 durante el mandato del republicano Ronald Reagan. En los años 90 del siglo pasado, los vínculos de México con Estados Unidos se intensificaron con las negociaciones tendientes a lograr un acuerdo de libre comercio, que para algunos no era sino “una integración silenciosa y subordinada al vecino del norte”, en tanto que para otros era la oportunidad de estimular la competitividad del país, atraer inversiones, mejorar el ingreso de la población y apurar el desarrollo de una sociedad moderna en una economía abierta y un mundo globalizado. El tratado tuvo siempre el respaldo de los republicanos, y la llegada del demócrata Bill Clinton al poder significó algunos condicionamientos a la parte mexicana para llegar a su firma. Sin embargo, habría que considerar también el apoyo de su gobierno para evitar que el famoso “error de diciembre” colapsara la economía mexicana. A propósito, hay una opinión bastante extendida de que, en el trato con los republicanos, a la población mexicana le ha ido mal, aunque a la élite le ha ido bastante bien, sobre todo a raíz de la profundización de los intercambios comerciales en los últimos cinco lustros.

Es en este marco en el que se han desarrollado estas elecciones de media gestión. También como nunca antes, éstas han sido seguidas con mucho interés por los mexicanos. El discurso endurecido, beligerante, xenófobo y racista de Donald Trump; las referencias sistemáticas a México y los mexicanos; su consideración de que la migración estaba constituida por criminales y traficantes de drogas; la convocatoria a construir un muro “grande y hermoso” para impedir que la marea humana proveniente del sur entrase a su país, y la exaltación de los peores sentimientos que puedan anidar en el ser humano, todos estos y muchos otros factores más, hicieron que los mexicanos pusiésemos atención especial a las elecciones de este martes 7 de noviembre.

¿Qué mapa político se ha configurado en Estados Unidos? ¿Qué nuevo equilibrio de poder ha surgido de las urnas? ¿Qué relevancia tienen estos resultados  para el futuro democrático en ese país y para el mundo entero? ¿Qué caminos pueden vislumbrarse para el acuerdo comercial entre México y Estados Unidos?

A tratar de responder a algunas de estas interrogantes dedicaré la siguiente colaboración.

7 de noviembre de 2018

 

Cultura: Entrevista a Ronaldo González Váldez

A dos años del primer gobierno de alternancia en Sinaloa

 

SE REQUIERE UNA RECOLOCACIÓN DE LA CULTURA EN SINALOA: RONALDO GONZÁLEZ

*María Luisa Miranda, una funcionaria eficiente

*Logros visibles en cultura con MALOVA

*Necesaria una evaluación de los programas convencionales

*Se requiere dar un vuelco hacia el desarrollo social

 

Además de ser Presidente del Consejo Editorial de Politeia, Ronaldo González Valdés es un conocedor de los temas de la educación, la sociedad y la cultura en la región. A su experiencia como Director General de la Dirección de Investigación y Fomento de la Cultura Regional (DIFOCUR, hoy Instituto Sinaloense de Cultura), durante nueve años consecutivos, y como Subsecretario de Planeación Educativa de la SEPyC, durante otros tres, se suma su condición de académico (sociólogo para más señas), estudioso de nuestra historia, nuestra cultura y nuestra problemática educativa. Nos pareció, por lo mismo, pertinente platicar con él acerca del estado que, a la vuelta de los primeros dos años del gobierno de Mario López Valdez, guarda la asignatura del quehacer público cultural en un estado como Sinaloa, desafortunadamente marcado por un señalado déficit de cohesión social y de formación de ciudadanía.

César Velázquez Robles (CVR). A dos años del primer gobierno de alternancia en Sinaloa, ¿te parece que la cultura ha ocupado el lugar que se le debe asignar en un estado como el nuestro, caracterizado por la insuficiencia de políticas públicas que galvanicen y fortalezcan el tejido social?

Ronaldo González Valdés (RGV). Déjame decirte en primer lugar, César, que tengo para mí que el Gobernador Mario López Valdez acertó en la designación de una de las funcionarias más eficientes y chambeadoras de su administración. Con María Luisa Miranda Monrreal, después de un primer año un poco titubeante, nos hemos encontrado este segundo año con una servidora pública que no descansa, que ha aprendido muchísimo en muy poco tiempo, y créeme que sé de lo que te hablo cuando te digo que el cultural no es un sector con el que se pueda tener un acercamiento provechoso fácilmente: nuestros artistas, críticos, creadores y promotores culturales constituyen (diría que afortunadamente) un diverso y colorido mosaico que no se deja asir de buenas a primeras, al que no se puede convencer sin más, y creo que María Luisa, después de un comienzo un poco incierto, ha logrado incorporarlos muy productivamente a las tareas de la acción pública cultural.

CVR. Bien, ya que al parecer le estás sacando la vuelta al bulto, vayamos a lo concreto. Empecemos entonces por el principio. Háblanos de lo que aprecias como logros de la actual gestión gubernamental.

RGV. Tienes razón, vayamos a lo concreto, aunque, por lo que voy a decir enseguida, me interesaba dejar muy en claro mi opinión personal acerca de la funcionaria responsable en este ámbito. Y digo, en primer lugar, que veo un gran movimiento en el área pública de cultura del estado. ¡Oye, son más de 7 mil 300 acciones de cultura (eventos les llaman en el documento oficial) consignados en el segundo Informe de Gobierno! Es decir, alrededor de veinte eventos por día. Imagínate, Dottore Velázquez, se realizaron 3 mil 614 actividades más en relación con las que se llevaron a cabo el año pasado. Eso habla, sin duda, de una denodada decisión de hacer cosas, de poner en valor la agenda de lo cultural en el quehacer público.

En segundo lugar, me parece que la idea de recuperar un corpus programático que, de algún modo, se descuido en la segunda mitad del sexenio anterior, dice mucho de una convicción por otorgarle a la cultura la importancia que merece en el conjunto de las políticas públicas estatales. Ahí están, en ese sentido, los programas del Festival Cultural Sinaloa, el Encuentro Yoreme, el Festival de Rock, el Festival de la Juventud, los programas de fomento de la lectura (círculos y salas de lectura), los programas de estímulo a la creación artística y cultural, las compañías que encabezadas por la OSSLA han crecido en número, a los que se ha agregado el Programa Cultura en Movimiento que representa un esfuerzo adicional de descentralización de las actividades de difusión cultural, a todo lo cual hay que sumar el innegable acierto de haber puesto a Sinaloa en la mirada del país y el mundo con la participación como estado invitado en el Festival Internacional Cervantino. Otra vez de acuerdo con los datos del segundo Informe de Gobierno, más de un millón 621 mil sinaloenses asistieron a las actividades que ofreció el ISIC, lo que representa, en números gruesos el 60 por ciento de la población total de la entidad…

CVR. Creo advertir en tus palabras, sin embargo, que hay algo que no te acaba de convencer. Me hablas de números y de nombres de programas…

RGV. Tienes razón, déjame entonces apuntar enseguida mis inquietudes con respecto al camino que hasta ahora ha seguido el trabajo cultural en el primer gobierno de alternancia en Sinaloa. Lo diré rápidamente:

Primero, soy de la idea de que sigue estando ausente un balance serio, una evaluación más o menos rigurosa de lo que ha sido la acción pública cultural en la región. Por eso creo que seguimos atrapados en una agenda abigarrada de actividades que se hacen, vienen y van, sin tener el impacto social que se busca. Aquí, como dicen estudiosos de la nombradía y el prestigio intelectual de Toby Miller y George Yúdice, en un libro que se llama justamente Política cultural, ocurre que las más de las veces se despliegan acciones y medidas que parecen más bien convulsas y no articuladas, no sistematizadas, jerarquizadas y debidamente planificadas. El quid de una política cultural no radica en hacer cosas, sino en hacerlas con orden y sentido. La política cultural, como toda política pública, debe tener un sentido estratégico, y debe, por lo tanto, discriminar, seleccionar, organizar prioridades con arreglo a la problemática social que pretende enfrentar y, de ser posible, superar.

De aquí paso a lo segundo. Programas como los festivales de bellas artes convencionales (particularmente de artes escénicas) como el Festival Cultural Sinaloa, tuvieron un propósito compensatorio o, por así decirlo, remedial, surgieron para ofrecer en un único y apretado lapso de 10 o 15 días, una vez al año, todo aquello que el público no tenía los demás meses. Inclusive si se le adjudica un sentido de proyección de imagen, el Festival de Sinaloa no tiene cómo competir con el Cervantino o el Festival de Tamaulipas u otros de distinta naturaleza como la FIL de Guadalajara o el Festival de Cine de Morelia o el de El Tajín de Veracruz. Además, festivales como el Cultural Sinaloa hay muchos en el país. Yo me pregunto entonces, ¿no será hora ya de cambiar este programa por uno más constante y consistente, que se realice a lo largo y ancho del estado los doce meses del año, aprovechando la oferta artística de festivales como el Cervantino, desde luego, pero también del de Mayo de Guadalajara o el de El Tajín o el de la Huasteca, a lo cual se sumarían las producciones propias con los grupos de excelencia de la región como Delfos, la OSSLA, la compañía de Danza del Estado, el Coro de la Ópera de Sinaloa, las orquestas y bandas juveniles, entre otras? Esto permitiría, adicionalmente, trabajar en un auténtico proceso de formación de públicos, tarea en cuya contribución no veo más que a la OSSLA. Y por supuesto que estimularía notablemente el trabajo de los grupos artísticos, oficiales o independientes, de la entidad.

Y a propósito de formación de públicos, tiene que revisarse ya el papel de la Sociedad Artística Sinaloense en esta vertiente de política cultural. Está bien, me parece muy bueno que desde la iniciativa privada exista el interés por coadyuvar en las tareas de la difusión cultural. El problema es que la SAS tiene 12 años ofreciendo programas que, en aras de cubrir gustos diversos, pierden coherencia y sentido, mezclan de todo, de chile, dulce y manteca. Tan pronto se programa a una chica light, made in Televisa, como Kika Edgar, como nos proponen un musical de Broadway tropicalizado, junto con un concierto decembrino con la Novena Sinfonía de Beethoven. ¿Dónde está el sentido de formación de públicos en un planteamiento como este?

Con la muy sana intención de ofrecer mucha cultura, se ha evadido el tema de la priorización de vertientes estratégicas de trabajo. El propio Festival Yoreme fue un programa de bajo perfil. Se cumplió con el compromiso, pero hasta ahí. Por cierto, aprovecho para discrepar de mis amigos Alejandro Mojica y Leonardo Yáñez. Un programa como el Yoreme tiene muchísimo que dar en términos de posicionamiento de Sinaloa en el mapa de la política cultural en México y, quizá, en el mundo, pero déjense de cosas por favor: las culturas de los pueblos del mundo son, casi todas, mestizas. ¿Culturas étnicas puras? No sé, quizá en algún lugar recóndito del Congo o del Amazonas. Nuestros mismos yoremes, ¿qué son sino mestizos?, ¿qué celebran sino las fechas del calendario cristiano? Como toda cultura mestiza, la de los mayos y los yaquis tiene un componente étnico, en ello reside su originalidad. Nada menos, pero nada más que eso…

CVR. Bien, Rony, pero quisiera que retomaras ahora el asunto de la jerarquización, ¿qué debiera priorizar una política cultural en Sinaloa? ¿Lo está haciendo el gobierno de MALOVA?

RGV. Para evitar confusiones, afirmo que nadie discute la misión de proyectar una imagen de región, de estado, al país y al mundo que la acción pública cultural tiene encomendada. Nadie discute tampoco su función como educadora en las disciplinas artísticas convencionales (y en esto se ha avanzado muchísimo, gracias al compromiso con las escuelas de iniciación y profesionalización mostrado por María Luisa Miranda), como proveedora de bienes y servicios culturales diversos (museos, teatros, festivales, ferias del libro, etc.),  pero su tarea va, desde luego, mucho más allá: una verdadera política cultural deberá sustentarse, ahora más que nunca, en el requerimiento objetivo de las comunidades donde se crean los sujetos de la vida social, donde se gesta el déficit de cohesión y ciudadanía que padecemos. En esta línea de razonamiento, y esto debe subrayarse, la política pública debe considerar una recolocación sociológica y política del papel de la cultura.

CVR. Todo eso se escucha muy bien, pero ¿cómo puede traducirse en programas, en acciones públicas y sociales puntuales y precisas?

RGV. Revisando la experiencia de otros países y otras regiones del país y el mundo. Se me ocurre que la idea y la práctica de la Animación Sociocultural (ASC) desarrollada en Cataluña, debe ser conocida, debatida y, en su caso, ensayada en países como el nuestro y en lugares como Sinaloa. Siguiendo a Puig, en su libro Animación sociocultural, cultura y territorio, la ASC se concibe como “un método de intervención territorial que, desde la cultura, a las personas con aspiraciones y necesidades no satisfechas, les facilite la posibilidad de reunirse en grupos para iniciar un proceso conjunto e interrelacionado en redes de cooperación”. De lo que se trata, ciertamente – y esto es lo que no se considera en los programas de cultura estatales, no sólo en Sinaloa sino en todas las entidades federativas-, es de concebir a los municipios, a sus centros urbanos y localidades, como espacios en los que coexisten fuerzas cohesionantes y fuerzas tensionantes, lugares en los que se generan representaciones y referencias que amplían o constriñen los horizontes de vida de la gente, lugares de integración y anomia, de inclusión y exclusión.

CVR. ¿Propones alguna ruta crítica estratégica en esta dirección?

RGV. Lo primero es, como lo comenté en alguna colaboración pasada en Politeia, tomar una decisión que es, en última instancia, una decisión política: la de asignar nuevos y más poderosos alcances a la acción cultural. Junto con ello, tendrán que recuperarse experiencias como la española, la brasileña y la colombiana (el trabajo en redes, el asociacionismo cultural, etc.). Y tendrá que elaborarse, enseguida, un estudio que permita contar con los registros antropológicos e identitarios, institucionales, emergentes y hasta comerciales del activo cultural en nuestras subregiones y comunidades. Sólo así tendrá sentido georreferenciar el requerimiento, las capacidades y competencias culturales de la entidad.

Esto es lo que podría dar un verdadero y necesario giro a la política cultural, orientándola por rumbos más definidos que permitan desatar nuevas y más provechosas sinergias sociales en la región.          

El Larguero

César Velázquez Robles

Quiero agradecer a mi amigo Jorge Aragón, “Maripas”, la oportunidad que me  brinda en esta página para entablar una conversación colectiva sobre futbol y otras cosas. Para evitar malos entendidos, una aclaración pertinente: no sé nada de dispositivos tácticos, así que el balompié será un pretexto para hablar de muchas otras cosas, entre ellas la política, la cultura, los espectáculos y asuntos por el estilo.

Hace ya algunos años, cuando era corresponsal de Notimex en Madrid, a través de mi hermano David Velázquez, otro apasionado del deporte, empecé a escribir una página en la sección de deportes de Noroeste. Era una columna titulada Eurofutbol, un repaso semanal de lo que ocurría en el Viejo Continente, aderezada con comentarios de actualidad política, notas sobre novedades literarias, anécdotas de jugadores y directivos, e intentos, casi siempre fallidos, de contribuir a la interpretación sociológica del que sin duda es el deporte más popular en el mundo.

Luego, empecé a escribir una columna para Notimex, El Larguero, con el mismo propósito. Se publicaba en varios diarios del país –formaba parte de los servicios informativos que la Agencia Mexicana de Noticias proveía a centenares de diarios en México— y ello me permitía mantener el contacto con muchos aficionados al deporte, pero también interesados en otros asuntos de la vida pública.

Una vez concluido mi largo periplo europeo, y ya instalado en Culiacán, recibí una invitación a escribir en una página electrónica, Tiro de Esquina. Coincidió en el tiempo con la participación de los Dorados en la división superior del futbol mexicano. Desafortunadamente, la aventura no pudo sostenerse y por angas o mangas ya no hubo modo de mantener la continuidad de este diálogo.

Ahora lo retomo gracias a la generosidad de mi amigo. He decidido recuperar el título de mi colaboración para Notimex, El Larguero, sin ninguna segunda intención, y sólo con el propósito de ampliar, ensanchar el espacio de diálogo sobre un tema que gravita no sólo sobre nuestras vidas personales, sino que modula, moldea nuestra convivencia colectiva, define una parte de nuestra cultura y condiciona cada fin de semana, según nos vaya en los campos de futbol o les vaya a nuestros equipos, el estado de ánimo con el que enfrentamos los desafíos del mundo real.

Todo lo que he dicho es para apelar a la indulgencia de mis eventuales lectores y amigos. Reitero que en materia de estrategias, tácticas y dispositivos soy un auténtico diletante. Pero por este espacio desfilarán filósofos, futbolistas, escritores, artistas, y la variopinta gama de figuras, figurillas, figuritas y figurones que nos entretienen y nos hacen más llevadera la existencia. Así que empezamos.

El futbol, la política y la vida

Tal es el título de un excelente ensayo escrito por el chileno Fernando Mires, que me permito recomendar a mis lectores. Ahí hay materia para la conversación, para la reflexión y el análisis. Nos ayuda a dar un paso más allá de lo obvio, del lugar común, e intentar otras interpretaciones que ayuden a nuestra cosmovisión, a nuestra visión del mundo y de la naturaleza.

Dice Mires lo siguiente: Se considera “como inusual que el fútbol, un deporte, un simple juego, pueda ser comparado con la política que no es un juego (de lo que no estoy muy seguro) o con la vida, pues con la vida no se juega. ¿Qué tiene que ver el fútbol con algo tan serio como la política? Y, aparte de que el mundo del fútbol pertenece a los vivos ¿qué tiene que ver con la vida? Mi respuesta es la siguiente: todo lo que hacemos es una proyección de la tragedia humana: la de sostenernos en esta vida a través de la búsqueda de un significado que le dé un sentido que nunca sabremos cual es. Pero ¿no es ésa acaso una tarea que corresponde a la filosofía o a la religión? En lo que tiene que ver con la filosofía sólo atino a responder: efectivamente, es una tarea de la filosofía, pero -convengamos en algo- no existe una filosofía “en sí” y si existiera, sólo sería una filosofía de la filosofía. Algo bastante absurdo, por lo demás.
La filosofía -que es el amor por el saber- busca siempre al objeto de “su” deseo. Así, hay una filosofía del amor, una filosofía de la existencia, una filosofía de la sociedad y, por cierto, puede haber –no hay nada que contradiga esa posibilidad- una filosofía del fútbol. Y en lo que tiene que ver con religión, yo sostengo la tesis de que muchas de las actividades que consumen nuestros días, provienen de la religión o, lo que es casi igual: de un ambiente impregnado por la religión. El fútbol también. Más todavía: pienso que el fútbol es una actividad que se encuentra -aún más que la política- impregnado por la religión o, por lo menos, por un sentido religioso de la vida.”

Y añade: “el mundo del neurótico es muy religioso. Y el mundo del religioso es muy neurótico. Tan neurótico como el mundo del fútbol. Debo quizás agregar que no estoy hablando de la neurosis en sentido clínico sino en el sentido a-clínico de Freud, a saber: como una propiedad de la condición humana orientada a distraer nuestra atención de esa mortalidad que escondida como un tigre en el fondo de una caverna nos aguarda a todos.
En fin, la religión es una práctica que asegura nuestras identidades frente a los nos-otros y frente a los vos-otros. En la creencia, en cambio, perdemos nuestra identidad en ese todo sin comienzo ni fin que es Dios. Visto el tema desde esa perspectiva, el fútbol contiene en sí más elementos religiosos que la política. Me explicaré a continuación.
Los seres humanos buscan siempre su identidad (ser iguales a sí mismos), y cuando no la encontramos, nos inventamos una. Sin embargo, y de acuerdo a Michael Walzer, hay identidades “ligeras” e identidades “duras”. Estas últimas son las identidades nacionales, religiosas y –agrego yo- las futbolísticas. A las primeras pertenecen, o deben pertenecer, las políticas. Pero hay un problema: el ser humano –de eso estoy convencido- es un animal religioso, quiera o no, ya que si no seguimos una religión terminamos por rendir culto a cualquier cosa. Puede ser un artista, un cantante, un prójimo, un político, un auto o un futbolista. Sin embargo, las identificaciones “duras” no son intercambiables.
No cambiamos de religión y de nacionalidad todos los días. De las misma manera, un hincha de Boca nunca será de River, ni uno del F. C. Barcelona jamás del Real Madrid. Esa es la razón, opina Michael Walzer (“Thick and Thin”, Indiana 1996), por la cual los antagonismos religiosos y étnicos son tan difíciles de resolver pues no son intercambiables. Los futbolísticos tampoco. En cambio, los conflictos políticos deben ser, por su propia naturaleza, intercambiables, ya que si no fuera así la política no funcionaría. En el caso de que no fueran intercambiables, las elecciones –y sin elecciones no hay política- estarían de más ya que de antemano sabríamos quienes van a ganar. Esa es la razón por la cual es tan difícil implantar usos políticos en países que se rigen por la norma religiosa. En Irak, por ejemplo, sólo hay dos “partidos”: los chiítas que conforman algo así como el 80% de la población y los sunitas que constituyen el 10%; y el resto, otras confesiones. En cada elección los “chiítas” están condenados a ganar y los sunitas a perder. No hay lucha por la mayoría, y esa es la sal de la política.
Por supuesto, hay personas que hacen de la política una práctica sacrosanta. Pertenecen a la misma organización casi desde que nacen, adscriben a una ideología sin dudar jamás, adoran con devoción a determinados dirigentes, incluso a malvados dictadores, y aunque la historia los contradiga, serán fieles a su partido hasta que la muerte los separe. El mismo vocabulario que usan es religioso. Quienes disienten, serán llamados “renegados” Quienes cambian de posición política, serán “traidores”. En fin, ellos no “están” en un partido; “son” de un partido.
De más está decir que vivir la política como religión lleva a la destrucción de la política. Porque la política la inventamos para resolver nuestros antagonismos discutiendo y argumentando en un juego de posiciones que cada vez es, y debe ser, distinto al anterior. En el fondo, los devotos de la religión política son seres radicalmente frustrados pues intentan encontrar en la política lo que la política nunca les dará a menos que la política deje de ser política. No ocurre así con el fútbol. Yo -para ponerme como mal ejemplo- “soy” del ColoColo y lo seré hasta la muerte y más allá de la muerte también. Mas, jamás “seré” de una ideología o de un partido, y mucho menos de un líder, “para siempre”. El fútbol, en ese sentido, es un sustituto de la religión. Pero no nos olvidemos: no es más que un juego. La política en cambio, si es también un juego, no tiene nada que ver con la eternidad. La política es presente, siempre presente, y nunca el presente de hoy será el del mañana. A diferencias de la religión que fue hecha de una vez y para siempre -a nadie se le va a ocurrir cambiar un mandamiento por otro- la política se hizo para comenzar cada cierto tiempo de nuevo, ajustando cuentas con la historia para poner al día nuestros ideales e intereses. O permítaseme expresarme de un modo algo metonímico: la religión viene del cielo, el fútbol del Olimpo, y la política, del centro de la tierra.”

Bueno, ahí lo dejo. Es un ensayo mucho más largo e, insisto, digno de lectura y, por supuesto, de muchas disquisiciones y reflexiones. El texto completo lo puede encontrar en internet.

Luego de  este marco teórico (tallado a mano, diría Monsiváis) que he pedido prestado a Mires para darle contexto a esta caldera de pasiones, pasemos a valorar lo ocurrido en los rectángulos del mundo.

Chelsea-BayernMunich

Una larga batalla que se prolongó a tiempos extras y que concluyó con el lanzamiento de penalties, es la que escenificaron Chelsea y BayernMunich. Fue un partido trepidante de principio a fin, que se saldó con la victoria del conjunto inglés, pero que mereció ganar el equipo alemán, que fue el que hizo el mayor esfuerzo.

Para el Chelsea es su primera “orejona”, y el Bayern sigue con tres. Dos modos de entender el futbol, dos visiones y dos modelos de gestión: el del derroche, el dispendio, que caracteriza al equipo del oligarca ruso RomanAbrmovich, y un  estricto control del gasto que permite que las cuentas del conjunto bávaro estén saneadas. “Casi como si Milton Friedman y John Maynard Keynes se vistiesen de corto en Munich”, escribió el comentarista del ABC español.

Bueno, no ganaron los alemanes. Son ya tres lustros que no obtienen un título relevante ni como selección ni como clubes. Con muchas selecciones altamente competitivas y con una gran cantidad de clubes que disputan los títulos continentales, la vieja hegemonía de los alemanes parece cosa del pasado, y el fallido intento del Bayern de abrir una nueva época dorada para el futbol alemán tendrá que esperar mejores tiempos y otros torneos europeos.

Hace ya algunos años, el ex delantero inglés, Gary Lineker, constatando el dominio de los clubes y la selección alemana en los torneos europeos, dijo algo así como que “el futbol es un deporte que inventaron los ingleses, juegan 11 contra 11, y siempre ganan los alemanes”. Ni modo, en esta ocasión no ganaron los alemanes.

Santos-Monterrey

Comparado con el juego del sábado en el Allianz Arena, el partido de vuelta de la final del futbol mexicano en Territorio Santos Modelo este domingo, fue más bien mediocrón. Santos y Monterrey mostraron muchos más defectos que virtudes, carecieron de una propuesta discursiva, y poco hicieron por mostrarse generosos con el esférico. Fue un partido trabado, sordo, con muchas faltas y equivocaciones que daban cuenta del nerviosismo generalizado.

Arrancó el Santos en tromba y a los cinco minutos ya se había colocado al frente en el marcador. Parecía que sería una tarde de coser y cantar para los verdiblancos, pero no, después del gol se tiraron a la hamaca, y por ahí a partir del minuto 30 el Monterrey  dispuso de oportunidades para igualar los cartones. No pudo y casi al 65 los llamados guerreros ampliaron el marcador con un gol de buena manufactura, una jugada bien elaborada que culminó Peralta.

Trató de despertar el Monterrey con un remate de cabeza de DeNigris que detuvo muy bien el arquero, pero era el anuncio de lo que venía: apenas dos o tres minutos después, el propio De Nigris habría de poner la tensión en el ambiente que ya empezaba a ser de celebración, con un gol que devolvía la vida al conjunto regio, y sólo faltaba saber si tendría el suficiente oxígeno para remontar y darle la vuelta al marcador.

Pero ya no hubo más: el Santos-Laguna resistió bien los embates, las arremetidas finales de su adversario que decidió morir jugando. Así sumó su cuarto título en el futbol mexicano.