El Incidente de 1978 en la Primera Serie del Caribe

= El incidente de 1978 en la primera Serie del Caribe.

= Benjamín Gil y su apoyo a los peloteros de la franquicia

= San Juan-2015 nos dejó, un gran sabor de boca, sin duda.

El sábado 04 de febrero de 1978, en pleno carnaval de Mazatlán, Tomateros de Culiacán protagonizó su primer juego en una Serie del Caribe, días después de ganado el campeonato de esa temporada de la Liga Mexicana del Pacífico. Era ya la octava participación de nuestro país en el clásico latinoamericano y el saldo no era nada halagador, con todo y la corona lograda por Naranjeros de Hermosillo en República Dominicana en 1976, cuando se alternaron como sedes las ciudades de Santo Domingo y Santiago de los Caballeros, ésta última en la zona del Cibao.

Hasta antes de Mazatlán-78, solo cuatro franquicias mexicanas habían tenido el honor de representar al circuito invernal en una Serie del Caribe: Hermosillo, en tres ocasiones; Mazatlán, en dos; Ciudad Obregón, en una y Guasave, en otra. El evento ya no era nada nuevo para los aficionados; lo nuevo, en realidad, era la presencia de Tomateros de Culiacán.

La noche del 29 de enero del 78, con el multireseñado cuadrangular de Jesús Sommers, los guindas ganaron el título, bajo la dirección de Raúl Cano, cuya alineación titular era la siguiente: Ike Hampton, en la receptoría (Porfirio Ruiz, como siempre, en segundo plano); Clarence Jones, en la primera base (ni de chiste, aquel que quemó la Liga en 1970); Joel Serna, en la segunda; Jesús Sommmers, en tercera y Ron Farkas, en el campo corto. Y en los jardines: Rommel Canada, en el izquierdo; Jerry White, en el derecho y Natanael Alvarado, en el central. Sus brazos fuertes: Tomás Armas, Vicente Romo, Guadalupe Salinas y Cesar Díaz, en la rotación de abridores, además de un bullpen de super lujo: Aurelio López, Sid Monge, Horacio Piña y Pablo Gutiérrez.

Sin embargo, los Tomateros de Culiacán que saltaron aquella carnavalera tarde – en un ambiente de fiesta grande en el viejo estadio “Teodoro Mariscal” (si ya entonces era viejo, imagíneselo ahora, 37 años después) – en bien poco se parecían a los que habían ganado la Liga, apenas días atrás: Paquín Estrada, cátcher; Willie Aikens, en la inicial; Juan Navarrete, en la intermedia; Aurelio Rodríguez, en la antesala; Mario Mendoza, en el terreno corto y en las praderas: Ike Hampton, Jerry White y Rommel Canada. El pitcher abridor lo fue el abuelo norteamericano George Brunnet.

De acuerdo, a simple vista, muchos de los mejores peloteros mexicanos del momento, encabezados por Aurelio, Mario Mendoza, Navarrete y Paquín (los cronistas deportivos de Hermosillo no perdonaron nunca la exclusión de Héctor Espino y Sergio Robles); pero el detalle es la marginación de que fueron objeto los peloteros del club de Culiacán por parte del manager Raul Cano, quien había llegado, por cierto, justo a media temporada, en sustitución del legendario Frank Robinson.

El juego parecía normal. Y normal el marcador: 7-3 abajo ante los Leones de Caracas, representantes de la Liga venezolana. Y normal porque por aquellos años los fracasos de los equipos de la LMP en Series del Caribe eran cosa de siempre. La cuota, si mucho, era de un triunfo por torneo.

Todo normal pues.

Y en la casa club de Tomateros de Culiacán, todo parecía normal hasta que llegó el momento, por allá en la séptima entrada, cuando Raúl Cano intentó hacer movimientos tanto a la ofensiva como a la defensiva. Para su gran sorpresa, los peloteros de Culiacán lo mandaron directo por un estrecho tubo y todos se negaron a entrar al campo de juego. Cano hizo malabares para sacar el inning y tuvo que demandar el auxilio del presidente del club, Juan Manuel Ley, quien aludió al profesionalismo de sus beisbolistas para salir adelante con tan embarazosa situación, aunque para entonces ya la causa estaba perdida. Ese 7-3 en contra, era prácticamente imposible de remontar.

Se trata de un pasaje no del todo conocido y del que poco se ha escrito en la historia del circuito invernal en general y de Tomateros de Culiacán; pero a mí nadie me lo contó. Lo viví. A mis 24 años de edad y ya con 7 en la crónica deportiva, tenía algunos privilegios. Entre ellos moverme con entera libertad en la caseta del equipo y por otros rincones del estadio en general.

Suyos los comentarios, amigo lector.

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Y bien.

El tema tratado no es obra de la casualidad, ni mucho menos ausencia de puntos por abordar. Viene al caso, por la actitud de Benjamín Gil en la reciente Serie del Caribe efectuada en San Juan Puerto Rico, precisamente al frente de Tomateros de Culiacán.

El posicionamiento de Benjamín, muy diferente al de Raúl Cano en aquel ya jurásico 1978. Gil, un manager al que no pocos colocaron al filo de la navaja durante casi todo el rol regular de la pasada temporada de la Mexicana del Pacífico, inició esta Serie del Caribe, bajo el criterio de privilegiar, en todo momento, a los jugadores que le dieron el campeonato a Culiacán. A los que se fajaron, en verdad y le pusieron alma, corazón y vida, particularmente en la etapa final.

Solo la ausencia de Ramiro Peña, por no tener el permiso de la organización a la que pertenece en el beisbol de los Estados Unidos y la lesión de Ismael Salas, propiciaron algunos movimientos estrictamente necesarios, como la inclusión de Manny Rodríguez en segunda y la de Walter Ibarra en el short; pero en general, Benjamín Gil se la rifó con su gente: Román Alí Solís, en la receptoría; Joey Meneses, en la primera almohada; Oscar Robles, en la tercera y Maxwell León, Rico Noel y Erick Farris en los jardines. Para decirlo con todas sus letras: la base de Tomateros de Culiacán en su versión 2014-1015. Justamente.

Una decisión de esta naturaleza – en contraste con aquella de Cano en 1978 – tampoco es cosa fácil para un manager toda vez que los jugadores llamados como refuerzos son casualmente los estelares en sus respectivos equipos y dejarlos en el banquillo debe ser bastante complicado. Porque déjeme decirle algo: los peloteros “estrellas” son tan divos como un consagrado en el canto, el baile o el cine universal. Y hasta en el periodismo, si mucho me apura.

Sin embargo, Benjamín se la jugó y mantuvo tal criterio hasta el final. Tuvo la comprensión, supongo, de los peloteros invitados y encontró el clásico justo medio. Quizás el no haber echado mano de algunos peloteros que vieron menos acción de la esperada, fue fundamental para no haber conquistado el campeonato; pero, de cualquier modo, el balance fue satisfactorio.

¿No?

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Ahora que.

En lo particular, a quien esto escribe, el resultado de la Serie del Caribe San Juan-2015, dejó un agradable sabor de boca.

El subcampeonato, hay que decirlo, no es nada despreciable.

Ya son cuatro segundos lugares y dos primeros, en los últimos seis torneos para el equipo guinda. De 1985 a la fecha. Y de los dos primeros, mejor ni hablamos, que quede claro. La contabilidad final suma 25 victorias y 23 derrotas. Números negros. Por encima de .500.

Esta vez, además del segundo sitio – cuanto no hubieran dado los boricuas por llegar hasta la gran final -, los tres triunfos y los tres descalabros, lo que verdaderamente cuenta es el espectáculo que dieron los Tomateros de Culiacán (y sus refuerzos, naturalmente) en sus seis partidos, sin excepción. Excepto uno, que fue por diferencia de 2 carreras, todos se decidieron por una anotación, tanto a favor como en contra. Y la emoción estuvo ahí y la esperanza también: hasta el último momento.

Naturalmente, deseábamos el título con fuerza verdadera; pero el beisbol es así. Existen imponderables, circunstancias, situaciones y otros detalles contra los que no se puede luchar. Las clásicas cosas del beisbol, aunque se enoje nuestro amigo y médico de cabecera de la familia, el connotado hematólogo, Ramón Rivas Llamas.

Bienvenido el subcampeonato.

El año que viene tendremos estadio nuevo. Y el 2017, Serie del Caribe en Culiacán. Yo creo que están en puerta episodios fabulosos para los beisboleros de Culiacán.

¡Salud!

Se Fue Mario Vázquez Raña

= Se fue Mario Vázquez Raña, ícono del periodismo en México

= Mi primera y última entrevista con el fundador de la OEM

= Uno de los hombres más poderosos del país.

Jorge Luis Telles Salazar

 

Había como 20 metros de distancia entre la puerta de entrada y el lujoso escritorio ubicado al fondo de su oficina, localizada en el tercer piso del sobrio edificio de la colonia San Rafael, relativamente cerca de Insurgentes y Reforma, el crucero más transitado y conocido de la gran ciudad de México. En esa oficina, cuyas paredes con acabados de manera fina estaban tapizadas con fotografías en las que se le veía acompañado por jefes de Estado del mundo entero, se podían apreciar adornos de diferente tipo, entre los que sobresalían, de manera visible, aeronaves a escala de modelo diverso. Los aviones – además de la gastronomía – eran una de sus debilidades. Y se decía que había muy pocos jets ejecutivos en la tierra, como el que él utilizaba para sus viajes tanto dentro del país como hacia el extranjero.

Aquella mañana cercana a la primavera, una vez librado el tercero y último filtro para tener acceso al despacho del presidente y director general de la empresa y a la orden del personal de seguridad, caminé, entre nervioso y agitado, sobre el inmaculado piso de mármol, hasta quedar frente a él, quien ni siquiera levantó la mirada para verme, entretenido en una tira de papel de las que se utilizaban para los equipos de telex, cuya auxiliar le había hecho llegar previamente a mi llegada. Jimena, colocada a su lado, me invitó a sentarme con una discreta sonrisa y un movimiento de una de sus manos. Largos y tensos minutos, en medio de un asfixiante silencio sepulcral.

Mario Vázquez Raña hizo algunos comentarios en voz baja con su asistente en jefe – una joven señora cuya virtud principal era la de dominar varios idiomas – y comprendí que lo que leía con tanto detenimiento era precisamente mi hoja curricular. Una vez concluido el análisis del documento, me barrió con la mirada, extendió su mano derecha para saludarme y me dijo:

= Bueno. Tengo entendido que usted era de nosotros y que incluso, Juan (Juan Alvarez, director de la región con sede en Durango y que abarcaba precisamente El Sol de Sinaloa) ya me lo había recomendado antes. Fue hace como dos años y creo que hasta lo citamos; pero parece  que usted no vino. Después supe que nos había dejado para irse a la competencia. ¿Por qué se nos fue pues y por qué viene ahora de nuevo a la organización?

Turbado, inquieto, ante la recia personalidad del interlocutor, traté de contestarle con un tono de seguridad que estaba lejos de sentir. Y por supuesto, no logré mi cometido.

= Señor: me fui porque, a la llegada del licenciado Francisco Labastida al gobierno, en el periódico me hicieron la vida imposible entre algunas personas y además porque recibí una muy buena oferta de un modesto diario de Culiacán. Y sí, por esos días, me habló Juan y me comentó de alguna oportunidad de mejorar en El Sol; pero ya no tuve más noticias y por eso me fui, casi por casi tres años a ese periódico. Y si vengo es porque toda mi vida me he sentido “asoleado” y además porque ando buscando chamba don Mario. Para que más que la verdad.

Era un día de febrero de 1990, casi en el arranque del cuarto año de gobierno de Francisco Labastida. Quien esto escribe contaba con 35 años de edad, ya con alguna experiencia como director, precisamente en El Diario de Sinaloa. Entre 1972 y 1987 trabajé para El Sol de Sinaloa. La mitad de ese tiempo, para la sección deportiva del matutino de la Organización Editorial Mexicana en Culiacán; la otra mitad, como reportero titular de las fuentes oficiales y políticas, bajo la dirección de Heberto Sinagawa Montoya y Carlos Rodríguez Terrón.

= Pues su curriculum es bueno y además está usted muy bien recomendado – me dijo Vázquez Raña -; pero no crea que yo le hago mucho caso a los curriculums y hasta me río de los famosos títulos de licenciados en ciencias de la comunicación. Para mí solo cuentan dos cosas: hechos y resultados. Joven señor: no vaya a hacer quedar mal a quien tan bien han hablado de usted, porque, de cualquier modo, no me voy a tentar el corazón para echarlo a la calle. Usted ya está otra vez con nosotros. Bienvenido de regreso a su casa. De la que nunca debió salir.

La rudeza desapareció del rostro de don Mario y su tono de voz cambió. Dio indicaciones a Jimena (Jimena Saldaña) de que corriera el trámite ante la dirección de Recursos Humanos de la OEM; me volvió a dar la mano e indicó finalmente:

= Preséntese el lunes con Guillermo (Chao). El le informará sobre tareas a realizar de inmediato y planes a corto plazo para usted. ¿Estamos?

= VEINTE AÑOS DESPUES =

La mañana del 14 de diciembre de 2010, veinte años después, hice, de nueva cuenta, el mismo recorrido. Los actores éramos los mismos (solo con 20 más de edad) y el escenario también era prácticamente el mismo, a pesar de la modernización de que habían sido objeto las instalaciones físicas de OEM. Adivinaba el motivo de la inesperada cita.

Apenas la noche previa, en plena época navideña, trabajaba en las oficinas de la dirección de El Sol de Sinaloa, cuando sonó el peculiar timbre de mi radio Nextel. Identifiqué el número de inmediato. Era él, en persona: Mario Vázquez Raña.

Dispuso:

= Director: váyase temprano al aeropuerto y compre boleto en el primer vuelo que salga a México. Quiero verlo mañana mismo. No traiga ningún papel. Solo quiero platicar con usted.

Cumplí la orden. Encontré lugar y a eso de las 11 de la mañana ya estaba en la capital del país.

Negros presentimientos.

A esas alturas de la vida, con 56 años de edad, personalidad más templada y carácter más sereno, no había nervios; pero si, obvio, curiosidad y marcada inquietud. Mi sentencia, sin embargo, estaba dictada.

Para mi sorpresa, Mario Vázquez Raña me recibió con una amabilidad sin precedente en el marco de muchos encuentros – individuales y masivos, tras cerca de 21 años de servirle como director: en Ciudad Juárez y Culiacán -. Lo cordial de su recibimiento me hizo pensar, por algún momento, que mi presentimiento era infundado; pero no fue así. Su intención era suavizar y hacer más llevadero el mal momento.

Finalmente, tras cruzar miradas con Jimena Saldaña y la española Pilar Ferreira García – directora nacional de Información – entró al tema, de lleno:

= Director: te llegó el día amargo. Contra mis deseos, tengo que removerte de la dirección. Perdiste y perdimos en Sinaloa – en alusión a la contienda gubernamental entre Jesús Vizcarra y Mario López Valdez, en la que El Sol de la jugó de manera abierta y decidida con el primero -; sin embargo, yo puedo recomponer el camino con MaLoVa porque finalmente la mía es una empresa y él lo entenderá; pero tú, querido director, no tienes salvación. Voy a tener pronto pláticas con MaLoVa; pero sin ti de por medio. Tu ciclo terminó. ¿Estamos de acuerdo?

Aunque no por esperada – amigos y enemigos me la habían cantado tantas veces – la noticia no dejó de impactarme y eso fue notorio entre los presentes. Repuesto de la impresión, le comenté:

= Como usted diga don Mario. A la hora que usted lo decida. Estoy listo.

= Tiene que ser ya. De inmediato. Faltan dos semanas para la toma de posesión del gobernador y en estos días un emisario mío estará con él, a reserva de que lo vea personalmente antes del día 31. Estoy seguro que tu entiendes todo a la perfección -, me dijo.

Y añadió:

= Algo más: quiero que me firmes tu renuncia porque tú tendrás abiertas las puertas de la OEM y en cualquier momento puedo llamarte nuevamente. Y no es por dinero. Te voy a indemnizar en los términos que marca la ley en caso de despido injustificado, más una gratificación adicional. No pierdo de vista que prácticamente toda tu vida has estado con nosotros.

Cuando volví a Culiacán, luego de una odisea causada por el movimiento aéreo y terrestre de la época, ya no era director de El Sol de Sinaloa.

Y muchas cosas comenzaron a cambiar a partir de entonces.

Esa fue la última vez que vi a Mario Vázquez Raña. Algunas veces, en estos años, identifiqué su número marcado en mi Nextel; pero no me reporté. Quise quedarme con la duda si en realidad me llamó o si fue alguna equivocación de su parte, en algún intento de comunicarse con sus nuevos directivos en Culiacan.

En fin.

= VAZQUEZ RAÑA, UN HOMBRE DEL PODER =

La condición humana es compleja e inexplicable.

Tras ese episodio de mi vida, no fueron pocas las voces que me aconsejaron sobre la posibilidad de hacer públicas las razones de mi salida de El Sol de Sinaloa, en el entendido de que había sido no solo en condiciones injustas sino también arbitrarias y abusivas. Mismas voces que tenían la clara y perversa finalidad de involucrar en esto a Mario López Valdez, de lo que no tuve certeza en ningún momento, aunque si sospechas de algunas personalidades ligadas al hoy gobernador del Estado.

Mi respuesta fue siempre la misma: “si algo le tengo a don Mario es gratitud. Trabajé en sus empresas 35 años de mi vida y se lo tengo que agradecer. Si me corrió pues tuvo sus motivos y además el dueño puede hacer con sus negocios lo que le venga en gana. Mi conciencia está tranquila:  jamás encontró en mi un solo gesto de deslealtad ni mucho menos de deshonestidad. Así de fácil”.

Mario Vázquez Raña, con su cadena periodística; sus estaciones de radio; de televisión; sus pantallas electrónicas y algunas cosas más, era uno de los hombres más poderosos de México, junto a otros personajes de la industria de la comunicación.

A nivel mundial, sin embargo, era más conocido por sus cargos en el Comité Olímpico Internacional, en los que convivía con los más renombrados personajes del deporte en todo el orbe. Esto, lo compaginaba con su afición al periodismo y fue así como entrevistó, para sus empresas, a la mayor parte de los jefes de Estado de la tierra entera. Desde el país más diminuto hasta el más poderoso del planeta.

Era, dentro de su gesto hosco, un hombre hasta cierto punto simpático y amigable. Cuando estaba de buen humor, subyugaba al más pintado. Además de tener mucho dinero, por supuesto.

Con los directores de los diarios de su propiedad – “le pago poco; pero los quiero mucho”, solía decirnos – no era especialmente abierto; pero si atento. Nos ofrecía, además de exquisitos manjares, dignos del mejor cheff del mundo, grandes copas de ron cubano, mezcladas con refresco de cola helado y generosas raciones de hielo – “porque si la coca no está fría mata el hielo y le quita sabor a la bedida” – las que disfrutábamos, disipada la invariable tensión de las reuniones de trabajo. Era, dentro de todo, un hombre tolerante y paciente. De hecho, daba siempre una segunda oportunidad, más allá del tamaño de los errores cometidos.

Le reitero mi agradecimiento y mi oración por el eterno descanso de su alma.

Así sea.

= COLOFON =

Y por hoy hasta aquí.

Nos vamos ya.

Dios los bendiga.