Breve y Preciso

 Domingo Félix Torres
 Quirino ,el peje y el desarrollo de Sinaloa.

La transición en Sinaloa ha sido tersa y asi fue llevada.. muy tersamente.. tal pareciera que la relación entre Quirino Ordaz Coppel y el nuevo presidente , marcha de acuerdo a un plan  preconcebido por ellos dos y seguramente, algunos mas…muy pocos mas.

En estos momentos se discute el presupuesto de ingresos para el estado de Sinaloa con sus correspondientes asignaciones de la Federación. El gobernador Quirino Ordaz habla de algunos proyectos que considera estratégicos para el Estado de Sinaloa ,entre ellos el posible inicio de la construcción del distrito de riego para la presa picachos, la construcción de la presa Santa María, la  continuación de la carretera Badiraguato – Parral , y el dragado del puerto de Mazatlán . Estos proyectos, pareciera que están considerados por Andrés Manuel López Obrador para 2019. La preguntas ante esto son  : Esto realmente es importante para la federación ?.

?  Verdaderamente, cuánto dinero viene para estos proyectos  ?

Amlo, los considera importantes, torales, estratégicos para Sinaloa y el pais ?.el presidente está volteando para Sinaloa, o está viendo para otro lado, por ejemplo, hacia el sur y sureste ?. Por otra parte, estos proyectos son los que cambiarán en realidad el rostro del estado, en todo caso ? No hay más para Sinaloa ? Que plan hay para los desplazados ? Para los jóvenes ? Para los desempleados ? Para los sin plan de jubilación ? Para los deportistas ? Para la Industria ? Para los pescadores ?. Para los agricultores ? Hay un plan  de desarrollo para Sinaloa?.Un plan rector ?. Si lo hay ? Se acuerdan de Codesin ? Está funcionando ?. Ha servido ? Sería bueno tal vez hacer una evaluación en materia de desarrollo económico en Sinaloa ! No les parece, jóvenes ? Saludos !!

PUENTE NEGRO

Entre el desorden y un estigma negro,  
Culiacán espera…
Por Guillermo Bañuelos

 

Pian pianito, un puñado de ciudadanos desadaptados o ilusos (así los juzgan muchos ‘cuerdos’) no quitan el dedo del renglón: es urgente frenar el desorden urbano y convertir a la ciudad de Culiacán en un mejor lugar para vivir. Y proponen qué hacer y cómo hacerlo, pero, ¿de qué sirve esto?

Estos verdaderos evangelistas saben que  los procesos de cambios urbanos son pasmosos, pero los alienta que otras ciudades que vivían en peores condiciones lo han logrado a golpes de terquedad. ¿Se podrá en Culiacán? El tiempo lo dirá.

Y que conste que no son modas, u ocurrencias. Hace 45 años (en 1973), por ejemplo, el escritor e historiador Antonio Nakayama Arce escribió en su libro Culiacán, Crónica de una Ciudad:

“Culiacán, su vertiginoso crecimiento se ha desarrollado en forma anárquica sin ninguna planeación, la ciudad está resistiendo dificilísimos problemas tanto en lo urbanístico como social.
Planificar su desarrollo urbano es una de las urgencias que las autoridades están obligadas a realizar, pues no es posible que la ciudad siga creciendo al albedrío de los que vienen a radicar en ella. De otra manera seguirá imperando la anarquía, y el futuro de su vida será más confuso de lo que es hoy. El hombre deberá vivir de acuerdo con su condición humana, y en Culiacán, una gran cantidad de personas vegeta en condiciones infrahumanas, lo que hace más imperativa la obligación de dignificar la vida de la población. Recordemos que nuestra ciudad será, lo que nosotros queremos que sea”

-El mejor amigo de Nakayama fue Enrique ‘El Guacho’ Félix, compañero de no pocas aventuras políticas, junto a otros miembros de la llamada Generación del 29.

Una de tales ocurrencias sucedió al crearse el Instituto de Estudios Económicos y Sociales de Sinaloa, participando Nakayama y otros de la inquietud de elaborar de manera ‘adelantada’ un programa para el Gobierno del Estado de Sinaloa (sexenio 1951-57), esperando que el candidato a la gubernatura fuera Enrique Riveros y no Enrique Pérez Arce, tal y como lo narró en su momento Francisco Gil Leyva:

…quisimos que la administración pública dejara de ser una serie de acuerdos y disposiciones dictados al azar, a vuelta de rueda en el automóvil, a la sombra de un huanacaxtle, al apretón de manos, a lo tomadizo de un estado de ánimo, al favor hecho al compadre, a la concesión otorgada al amigo de añeja amistad (Academia de Historia de Sinaloa, texto “Antonio Nakayama” de Ricardo Mimiaga Padilla).

Desde la impresión de Culiacán, Crónica de una Ciudad, cuando vivían aquí cerca de 200 mil habitantes, han pasado 45 años, y la premonición de Nakayama acerca del futuro de la ciudad fue un grito que parecía a tiempo que quedó en un grito en el desierto. La premonición se cumplió.

La ciudad creció bajo los caprichos de un mercado especulativo del suelo, sin planificación, sin ton, ni son, tras un ideal extraño: con el sueño de “ser grande” (¿para qué, o en qué sentido?), tras una fantasía que, por cierto, alimentan aún algunos  hombres y mujeres con capacidad –inclusive-  de decidir.

En estos 45 años, la mancha urbana creció de 3,670 a más de 13 mil hectáreas, sin que ello signifique mejor calidad de vida para un conglomerado de alrededor de 800 mil personas.

Aunque es mediana, Culiacán es ya una urbe esclerotizada, atiborrada por alrededor de 500 mil vehículos automotores, diseñada para satisfacer –sin lograrlo-  los requerimientos de los autos, donde poco importan los peatones y los ciclistas, los niños, ancianos o discapacitados. La calle no es para ellos.

Contra estos grupos de población, esta ciudad erigió barreras y obstáculos increíbles: no existen banquetas suficientes, ni adecuadas; carecen de pasos peatonales seguros, el sistema de transporte es inadecuado para su uso y la inseguridad pública es una constante.

Las políticas de vivienda de las últimas décadas –un fracaso, admitió hace unos días, por fin, el INFONAVIT- alentaron la especulación con el suelo y la construcción de fraccionamientos lejanos, sin servicios básicos, rodeados de altos muros que, en lugar de brindar seguridad, segregaron más a las personas.

La improvisación, la falta de planeación urbana adecuada (sobre todo, la no aplicación de ésta), la voracidad de los desarrolladores, la permisividad o la complicidad de algunos funcionarios de administraciones anteriores con éstos, y la ausencia de regulación del mercado del suelo, generaron, entre otras consecuencias, el desarrollo de una ciudad poco resiliente, expuesta a quedar bajo el agua en cualquier momento pues se permitió construir dentro de los ríos y sobre arroyos, sin cumplir la obligación de dotar a los nuevos desarrollos de drenes con capacidad y diseño adecuado para evitar las inundaciones.

Para colmo, la ciudad soporta un estigma terrible, negro, que parece imposible desterrar: la de ser (cierto o no) la cuna del narcotráfico en México, y la de ser además un campo de batalla en el que han caído a lo largo de los años miles de hombres y mujeres abatidos a balazos en mil sucesos de alto impacto.

Nacer, vivir y sobrevivir aquí no es fácil.

Amedrentados por la impunidad y la fuerza bruta de Ellos y de sus secuaces reales o supuestos, aprendimos desde niños a callar, a bajar la vista y el perfil, a ceder el paso a la barbarie y al conductor que te echa su camionetota encima sin freno, sin respeto.

Aquí caminamos de puntitas, sin banquetas, sin garantías. Tercos, sin embargo, algunos aún creemos que de algún modo, algún día, las cosas cambiarán en esta ciudad hecha para Algunos, no para todos.

POLITEIA

López Obrador y un altero de frijoles
César Velázquez Robles

Apenas van 10 días del presunto “nuevo régimen”, y vamos de despropósito en despropósito. Los excesos verbales parecen no tener límites, y se sobredimensiona cualquier hecho, cualquier medida o decisión que adopte el gobierno que ha iniciado. Es difícil encontrar el equilibrio en el ámbito de la reflexión colectiva, y empiezan a acumularse las muestras de abyección en algunos columnistas y comentaristas. No me refiero a las posiciones y declaraciones de los partidos y/o sus dirigentes, o líderes de las mayorías congresuales, que para eso están. No;  me refiero a quienes tienen un espacio de opinión en los medios, responsabilidad que los debería llevar a la autocontención, a ser más cautos en sus opiniones y posiciones. Pero no: parece que hay una desenfrenada carrera en agradar a López Obrador, y en ese propósito nada importa perder la figura y el porte. Es el caso al que me voy a referir en seguida.

La llamada “cuarta transformación” tiene  comparaciones asaz interesantes. La corresponsal en Washington, DoliaEstevez, escribió que las primeras acciones emprendidas por el gobierno de López Obrador (y disculpen ustedes que cite in extensu),

“evocan momentos históricos en los que la caída de un régimen o el fin de una ideología fueron seguidos por la eliminación de las imágenes que les daban identidad. La supresión de monumentos, edificios, nombres de calles, emblemas, asociados al régimen Nazi tras la Segunda Guerra Mundial; la caída del muro de Berlín en 1989 y la demolición de las estatuas de Lenin y Stalin poco después; el derrocamiento de la efigie de Hussein en 2003; la destrucción de las imágenes de Mubarak durante la primavera árabe en 2011 y la remoción de la última estatua de Franco en España en 2008, por ejemplo.

“En Berlín, el edificio que había sido sede de la SS, la genocida policía secreta nazi, fue arrasado. Décadas después, se abrió un centro para educar a la gente sobre los crímenes de los nazis. Toda proporción guardada, pareciera que la “cuarta transformación” tomó una página de esa historia. El mismo día de su juramentación, López Obrador transformó Los Pinos, un monumento a la riqueza, en centro cultural. Lunes 10 de diciembre de 2018 3 de Julio de 2016 Folio 045/ 2018 Mientras afirmaba que “nada material me interesa” ante la Cámara de Diputados, miles de personas atestiguaban el uso y abuso del dinero público. Por primera vez, los mexicanos pudieron constatar la suntuosidad de los espacios privados que Enrique Peña Nieto y su familia disfrutaron a cuenta de los contribuyentes.”

Es la ridiculez llevada al extremo, tan solo matizada por “toda proporción guardada”. Lopez Obrador, según Dolia está desmantelando todas las imágenes  que daban identidad al viejo régimen. Las acciones emprendidas tienen su equivalente con la destrucción de imágenes, monumentos y estatuas nazis al concluir la Segunda Guerra Mundial, la caída del Muro de Berlín, y el derribo de las estatuas de Hussein, Mubarak y la remoción de la tumba de Franco en el Valle de los Caídos, en España. Ni López Obrador había ido tan lejos: lo suyo solo tiene equivalentes en las revoluciones de Independencia, Reforma y Social de 1910-1917, ahora extendida hasta 1940 para incluir a Lázaro Cárdenas.

Y los hechos “fundacionales” son, a juicio de la señora Estevez, incontrovertibles: según ella, la apertura de Los Pinos al pueblo, para que pueda admirar la suntuosidad con que vivía la vieja clase gobernante: escalinatas de mármol, la venta del avión, la utilización de un utilitario para desplazarse, y cositas por estilo. Poco más que agregar. Se fija en el oropel, en la apariencia y no va a la esencia: lo que importa es la superficie, la utilización de símbolos. ¿Y qué dice la señora del modelo económico? ¿Dónde está el cambio radical para equiparar la transformación que según ella está viviendo México, con lo ocurrido al final del régimen nazí o con la caída del Muro?

Todo lo que señala como símbolos de la cuarta transformación no es más que bisutería, y de la chafa. La propia Dolia ensaya una especie de autocrítica con la cita de las palabras del historiador John Womack:

“a menos que en el transcurso de los siguientes seis años López Obrador efectivamente resulte ser tan importante como Lázaro Cárdenas, estos gestos simbólicos no van a significar más que, como decimos en Oklahoma, un altero de frijoles… El Peje entiende muy poco (si no es que nada) de la historia de su Patria, pura vieja paja priista”.