¡Andy panda! Pa´que sepas quien manda: Breves y tristes crónicas del “macho power” guachicoleado.

Víctor J. Pérez Montes

¡Yo no soy la abusadora!

¡Yo no soy!Laura León¡

Vamos a ver, cómo es… el reino del revés!

Chabelo, circa 1148 A.C

…bien canijo con la Carmela.

En plenitud de fastuosa tarde de verano, cuando la mente y el cuerpo buscan el reposo anhelado -que bien me lo tenía merecido- después de una ardua semana de trabajo, tráfico y presiones cotidianas de la rutina laboral,- ¡ah! Porque eso de ser chofer de los camiones de la Coca, ¡está bien canijo!-.

¡Por fin!, unas horas de sagrado descanso para el macho alfa del hogar, sin faltar las habituales cervezoskys bien helodias, con la botanita de camarones y callito de hacha “a la imaginación” –o sea, salchichas con chile, limón y sal, porque no hay para más– la pantallita de 90 pulgadas – sacada fiada  a 98 mil meses con un 559% de interés en la Coppel- y ¡por supuesto!, el clásico del balompié nacional: Guadalajara vs América, -porque no me  alcanza para contratar los canales deportivos del cablevisión-.

En plena degustación de las mieles del triunfo, de mi condición de macho alfa  de mi reino llamado hogar;  y en el máximo momento en el que el partido de la guerra civil futbolera nacional hacía de sus mayores galas, como invocada del más allá, mi voluptuosa, morenaza y redondeada esposa- por no decirle choncha, prieta y fodonga vieja- aparecía a escena y con su melódica vocecita de ultratumba:

¡Casiano! ¿Cuándo vas a ponerte a pintar la cocina?, ¡Eh! ¡Ya llevas como 3 domingos con la misma cantaleta!, ¡Nomas te la llevas haciéndote menso!, así que en este momento ¡Apagas esa televisión y me pintas la cocina, pero de ya! Panzón vaquetón y mentiroso.

Después de tales palabras ofensivas a mi persona, por supuesto que no me iba a quedar sin replicarle algo a mi bien amada bodoquito de azúcar moscabado:

¡Carmela!, ¡Ya te dije que voy a pintar la cocina después del juego de futbol!, así que ¡Deja de fregarme y vete a ver qué haces! ¡Estoy viendo mi partido y te esperas!, ¿Entediste?

¡Ay nanitas! Nunca me imaginé, el resultado de mis imprudentes palabras y lo que me iba a pasar. Les cuento: Sin más, ni más, en fracciones de segundo, la Carmela desconecta la tele de manera violenta, me agarra de las greñas y que me pone en la cocina y como arte de magia, misteriosamente la cubeta de pintura ya estaba lista para empezar con los brochazos colorinos.

De la desgreñada cósmica que me aplicó, quedé todo mariado, que ni supe dónde quedó la botana y menos las chelas, lo único que alcancé a ver, fue la cara de la Carmela, con mirada de tiburón blanco al acecho, nomás se la llevó dando vueltas a la cocina y preguntando que como iba.

Las lagrimitas nomás me salían escuchando al vecino –que por cierto, ése si controlaba a su fiera- gritando y festejando los goles del clásico nacional, como niño regañado y con una recién pela de perro bailarín, pintaba la cocina, imaginándome cómo hubiera sido el disfrute de ese juego de futbol, acompañado de unas refrescantes cervezoskys y esa romántica botanita de callito y camarones a la imaginación. Y me decía asi mismo: ¡Pero nadie me dijo que me casara!, porque  está canijo, bien canijo con la Carmela!

Pánfilo Casiano: ¡Murió por la patria!

Pánfilo Otilio López Rateros, descansa en su máximo nivel morfístico, cuando de manera súbita y tempestuosamente, un zumbido diabólico va sacando poco a poco de su plácido y reconfortante sueño hacia esa realidad tirana –y que se ríe a carcajadas de nuestro ilustre amigo-.

De pronto, un grito desesperado –igualito como el Woltz, cuando gritaba  desesperada y aterradamente por su caballo, decapitado por los secuaces de Don Vitto Corleone-, nuestro buen amigo Pánfilo, empieza a llamar a su esposa Rutilia, entre llanto de terror y sorpresa demoniaca y exclama desde lo más profundo de su pecho: ¡Vieja pútrida, hija de la tiznada!, ¡Engendra  de tu Harry Putter!, ¿Qué me hiciste vieja loca? Preguntaba nuestro buen amigo, víctima de las habilidades estéticas  de su bien amada compañera de vida, que a la vez, veía como estaba inundado el suelo de cabello negro crespo –así como las canciones de la Guzmán-

En eso, la susodicha, aún con las tijeras en la mano y con una mirada entre loca y asesina de Halloween gringo, abre su bella y sensual boquita y dice: ¿Te lo dije o no te lo dije?, pelafustán bueno para nada! ¡Que quede claro que yo te di la opción!, ¡O te ibas a cortar las greñas con la Yuyis o yo te las cortaba!, ¡Sobre aviso no hay engaño!…así que: ¡Ahora te aguantas chiquito!, ¡Y ni modo!, porque ya te la sabes, y sí no te gusta… ¡La puerta está muy ancha, y todavía te cabe muy bien la panzota por ahí! ¡Inútil mantenido! ¡Y ahoritita te me pones a barrer tus cochinas greñas!

Nuestro buen amigo Pánfilo, solo bajó la cabeza, tomó la escoba y con gesto y actitud de perro regañado, infravalorado, apabullado y sobajado, con breves, pero efectivos movimientos “barreatorios”, recogía sus greñitas, al tiempo que las lagrimitas de coraje o de miedo –ve tú a saber cuál fue la razón- caían de su rostro y se mezclaban con sus cabellos mutilados.

Pero, ¿Cuál fue el resultado de ese detallito marital? Nuestro ilustre Pánfilo iba derechito y de manera religiosa, a la estética de la Yuyis, cada 15 días, y por supuesto Doña Rutilia encantada, porque su marido ya no era un inútil greñudo, ahora era un inútil con corte de cabellera formal. ¡Tan tan!

Maximino alias el ex “Barbas”

¿Qué sí que me pasó?, ¡Pos ya me rasuré!, me obligó mi vieja y de manera arbitraria y en contra de mi sacrosanta voluntad accedí, y les cuento como fue… Me dijo: ¡Me cae gorda tu barba fea!, ¡Pareces perro lanudo de la calle!, ¡Estás bien feo! Y con pelos en la cara, ¡Peor!, en estos precisos momentos, te me largas a la tienda de don Toya y te me compras un rastrillo y ¡Te arrancas esos pelos horribles imitación de jipi mariguano!, ¿Entendiste?

Y yo, con el alma enamorada dentro de mi corazón –como diría el buen Chalino Sánchez– y tratando de hacer valer mi masculinidad y hombría del macho alfa pecho peludo máximo jefe del clan familiar, me levanté y con voz firme y poderosa como trueno, como los que salían de la espada del He-Man, le dije: ¡Vieja! Yo me voy a cortar la barba cuando se me dé la rechiflada y regalada y soberana gana, ¿Entendiste mija?

En ese preciso instante, un vacío de silencio penumbral sofocó el ambiente, aquella atmósfera se tornó tétrica, infernal, como sí estuvieras en una de las películas del Exorcista y con presentimiento de que el tiburón te va a comer…

Aproximadamente, a los 18 minutos, 23 segundos para ser exactos, salí con mi dignidad de macho alfa pecho peludo máximo jefe del clan familiar “guachicoleado” ¡Hasta el mismísimo averno!, y por supuesto, ¡Con los cachetes como nalguita de neonato! Y sólo, con una mirada de satisfacción y orgullo –como de cazador de leones-, y por sobre todas las cosas, y lo más sorprendente, es que sin una sola palabra me mandó un mensaje claro y contundente: ¡Andy Panda!, ¡Pa´que sepas quien parte el queso en este clan familiar!”

Ramona y Romino: El dúo dinámico.

Sería algo así como las 7:44 am. El viejo portón del estacionamiento, hacía el acostumbrado ruido de la entrada y salida de automóviles de los vecinos del edificio. A los minutos, la puerta del departamento se abre de una manera estrepitosa, y la bella, escultural y elegante dama que entra por esa puerta, de pronto, y sin esperarlo, fue sorpresivamente interceptada por su abnegado y desvelado esposo. E inicia la épica y acalorada conversación:

-¡Buenas madrugadas Señora de este hogar! ¡Vaya! Hasta que se aparece la reina de esta su humilde morada, ¿Ya se acordó que tiene hijas y marido la Señora?

-¡Romino! ¡No estoy para estos espectáculos tan temprano!

-¡Claro!, pues si nunca estás para nada en este hogar, aquí me dejas solo todo el santo día y la santa noche, con mi alma en un hilo de mortificación, piense que piense que te habrá pasado, o con quien habrás estado en la noche.

-¡Romino! ¡No empieces con tus celos ridículos!

-¡Pero si no son celos! Son un sentido reclamo porque me tienes aquí abandonado, sin preocuparte de mí, nunca me sacas, siempre aquí entre pañales, barriendo, trapiando, de mercado en mercado, para hacerte gastar menos, y ni siquiera soy merecedor de una salidita o un pantalón o camisa nueva.

-¡Ya me hartaste Romino! ¡Siempre con esa cantaleta! Eso pasa por que eres un mantenido, que no hace nada de su vida y que siempre te la llevas encerrado aquí. Esperando recibir el dinero del gasto y pasártela viendo futbol en la televisión.

-¡Claro! Ahora la señora elegante y fina, me va a venir a reclamar que mis únicos momentos de distracción son malos, ¿Tu crees que no me doy cuenta que ya me perdiste el interés como hombre?, ¿En qué te convertiste Ramona?, ¡Tu que me hablabas de amores y buena vida!

Al momento, que Ramona levanta la mano en ademán para dar una bofetada a Romino, pero se detiene y le contesta al sufrido y amnegado marido:

-¡Me convertí en la esposa de un hombre que aumentó como 20 kilos de peso, gordo, panzón, siempre con las manos descuidadas, despeinado y con la ropa con manchas, porque desde que nos casamos, te la pasas queje y queje, además de apestoso a sal y pimienta. ¡Ya estoy harta! ¡Me largo con el otro!

-¡Si ándale vete con el otro!, ¿Crees que no sé qué te entiendes con el secretario de tu despacho?, ¿Crees que no me han contado que los ven saliendo juntos muy felices del cine?, y de otros lugares, que no voy a mencionar para no manchar la santa memoria de nuestras tres niñas, que en las noches preguntan por su madre!

Al tiempo que las niñas –de 5, 3 y 1 años respectivamente- empiezan a llorar por los gritos violentos de sus progenitores.

-¡Me avergüenzo de estar casada contigo Romino!, ¡Me largo para siempre!, ¡Quítate mugroso panzón!

-¡Si vete!, ¡Y nunca vuelvas!, pero eso si te digo, que a mis niñas, no te las llevas, porque ellas no son hijas tuyas, son solo mías, porque yo las hice solo, en 3 deslices que cometí porque tú nunca me has querido. ¡Mala esposa!, que como todas, ¡Eres brillo de la calle, pero, tinieblas de su propio hogar!

Y ahí quedaba tendido sobre el suelo, nuestro buen amigo Romino, llorando a grito abierto, desconsolado, y parafraseando al Divo de Juárez, quedaba solo, triste y abandonado. Y así fue.

Huextengo de todos los Santos: Un camino al cielo o al infierno.

Víctor Javier Pérez Montes

Desde el cielo una hermosa mañana

La Guadalupana bajó al Tepeyac…

La Guadalupana, cántico religioso popular

-¡Córrele López!, ¡Éstos están bien locos!, ¡Y no entienden razones!

Sólo se podía escuchar la respiración agitada, la visión se había centrado en un plano frontal, en el que sólo se percibía el humo que salía de la boca y las fosas nasales. El frío de la madrugada hacía gala de un entumecimiento en las piernas de ambos misioneros, que por más que se esforzaban, sentían que no podían avanzar y escapar de la turba enfurecida.

-¡Delgado!, ¡No puedo respirar!, ¡No me dejes!, al momento que era víctima de un obseso terrible y asfixiante de tos, provocado por su condición de asmático que llevaba toda su vida, 19 años para ser exactos. Cuando de pronto, el Elder López, era jalado de manera tempestuosa, por su compañero el Elder Delgado, en un esfuerzo por no ser alcanzado.

-¿Dónde está el maldito inhalador?, ¿Dónde fregados lo metiste? Cuando terminaba de preguntar el Elder Delgado a su compañero, una piedra se estrellaba sobre su frente, de inmediato la sangre brotaba a chorros y caía inconsciente, por el fuerte impacto de la pedrada recibida en la sien derecha.

De pronto, una sombra de terror se apoderó del Elder López, y sin mayores fuerzas, pero, con una cara de espanto hacía movimientos con sus brazos, con actitud de súplica ante tales circunstancias, pero la muchedumbre no entendía y menos le importaba. La turba enardecida, solo quería vengar la afrenta recibida, al tiempo que le propinaban golpes con palos y piedras, puntapiés e insultos entre gritos maldicientes.

-¡Con qué odias  a la virgencita cabrón!, ¡Pos ora te vamos a enseñar a que la ames, hijo de la chingada!, ¡Hereje!, ¡Pinche hijo de Satanás!, ¿Por qué la odias?, ¡Si es tu madre, desgraciado cabrón!

Siete horas antes…

-¡Oye Delgado! Entonces mañana, ¿A qué horas tenemos que levantarnos para ir a tomar el camión a Tantoyuca?

-¡Pos yo creo que a las tres de la madrugada!, ¡Nomás hay que llegar temprano, para descansar! Mañana será un día pesado. Vamos a tener que cruzar todo el pueblo, para llegar hasta la parada de los camiones en la pura entrada de Huextengo.

Mientras estos dos misioneros iban camino a su departamento, iban planeando la forma más eficaz de aprovechar su tiempo y las actividades que realizarían como parte de su propia rutina. De pronto Elder Delgado entre broma y advertencia le decía a su compañero Elder López:

-¡López! , vale más que arregles tus cosas, no te vaya a pasar como la vez pasada, que se te olvidó tu inhalador, y andes con tu tos de perro y no puedas ni chambear, ¡eh!

-¡No! ¿Qué pasó Delgado?, ya aprendí la lección, se siente horrible no poder respirar y más con este clima que cala los huesos y más en la madrugada.

En efecto, esos dos misioneros llegaban a su departamento a las 09:00 pm, y como rutina exacta, al momento de entrar al departamento, se arrodillaban, oraban, terminaban su oración, uno de ellos empezaba a preparar la cena, el otro se metía a la regadera, terminaba de bañarse, salía de la regadera y el otro se metía a bañar.

A las 09:30 pm, empezaban a cenar, al terminar de cenar a las 09:45 pm iniciaban su actividad de planeamiento del día siguiente. A las 10:00 pm, cada uno hacía su oración personal y con las luces ya apagadas dormían. Solo el viejo poste de iluminación pública, reflejaba su tenue luz sobre la ventana del departamento de estos dos jóvenes misioneros.

Era exactamente las 03:00 de la madrugada, el despertador de manera intempestiva  cortaba de manera cruel el descanso de ambos jóvenes, que en el frío de la madrugada iniciaban su ritual de preparación para salir a la calle. Calentar un poco de agua para lavar sus caras y sus respectivas axilas, aplicarse el desodorante, afeitarse, poner un poco de loción y peinarse.

Ponerse los pantalones y la icónica camisa blanca y la corbata de color sobrio, eran la culminación de la rutina, que entre despiertos y medio dormidos realizaban día con día. Salían por fin del departamento a las 3:28, previo a ello, se arrodillaban en la puerta y ambos ofrecían una oración de gratitud y protección.

Ambos misioneros salían de su departamento, con paso firme y veloz. El frío intenso de la madrugada avivaba los sentidos. No había mucho que hablar. Las mandíbulas empezaban a estar un poco adoloridas, el viento frío que golpeaba las mejillas de manera contundente, dejaba en ambos jóvenes un pequeño tic de temblor en la boca. En esos primeros minutos de caminata, sólo había un deseo de permanecer acostados en sus propias camas.

De pronto, el Elder Delgado, le hace una pregunta a su compañero Elder López: ¡Oye López!, ¿Nos vamos por el puente o por el lado del Viejo Barrio?, Elder López sin pensarlo le contestó: ¡Por el puente Delgado! Nos vamos a ahorrar como 20 minutos de caminata!

Aquella pareja de misioneros tomaron la decisión de irse por el camino del puente. No era nada extraño que durante todo el mes de diciembre, todo el pueblo tuviera música con banda y ruido de cohetes. La peregrinación de la Virgen de Todos los Santos era un ritual que se mezclaba con las obligaciones de tipo comunal que tenían los pobladores del lugar y de los pueblos de alrededor del mismo.

Dos días antes, hubo un incidente grave, entre un grupo de católicos  y un grupo de evangelistas. El motivo fue – y como siempre había sido- un desacuerdo de tierras, y como si fuera poco, la cuestión religiosa era un ingrediente más que abonaba a viejas rencillas, que iban desde insultos hasta machetazos. Aquella ocasión habían resultado 7 muertos y 13 heridos.

Era  algo muy común, que las diferentes comunidades alrededor del antiguo pueblo de Huextengo, se tuvieran dificultades durante todo el año, pero, iniciando el mes de diciembre, esta situación se volvía aún más caótica. Intolerante  era el adjetivo que más se apegaba a la realidad existente en aquellas comunidades, especialmente en ese mes.

Esos días eran algo muy raro. El ambiente era tenso. Aquellas procesiones eran literalmente unas bombas de tiempo, que con la más mínima provocación, la violencia estallaba de inmediato, sacando a relucir los más profundos resentimientos de esa gente hacia quienes pensaban de manera diferente. Por lo que se convertían en los enemigos jurados, y había que castigarlos o exterminarlos.

De pronto, el Elder López le preguntaba al Elder Delgado: ¡Oye Delgado!, ¿Por qué habría tanto alboroto para el lado del Barrio Antiguo hace 2 días? Elder Delgado  solo contestaría con una cara de ignorancia, y sin dar mucha importancia, casi rayando en la indiferencia, le respondería: ¡Sabe! ¡Aquí la Gente es muy rara!, reacciona muy diferente de cómo estamos acostumbrados.

Ambos misioneros eran oriundos del estado de Chihuahua. Elder López era de Delicias y Elder Delgado de Ciudad Juárez. Las diferencias de orden cultural y religioso, de sus lugares de origen en comparación con al lugar en que estaban asignados, -como lo era éste estado del centro del país-, tanto para vivir como predicar otro tipo de cristianismo, -diferente al catolicismo-, literalmente hacía de aquella experiencia todo un reto de vida.

Aquellos dos jóvenes misioneros, empezaron a cruzar el camino del puente viejo, a medida que avanzaban se podía sentir que algo muy raro podría pasar. A unos 20 metros se podía ver la muchedumbre de la procesión, entre músicos y demás acarreados. Muchos de éstos estaban evidentemente alcoholizados y desvelados. Aquello era una bomba de tiempo.

De pronto, y sin motivo aparente, algunas personas de la procesión empezaron a murmurar:

¡Ésos no quieren a la madre de Dios!, ¡Ésos son los que mataron  a los de San Vicente!, ¡Ellos son los que nos quieren quitar nuestra religión!”. De pronto, uno de ellos empezó a gritar: ¡Mátenlos a pedradas!, ¡Nos quieren robar a nuestra Madre!

Como si esto hubiera sido esperado por toda la muchedumbre, de inmediato, todos los hombres y las mujeres, empezaron a agarrar piedras y palos, y como una cascada de pedernal, empezaron a lanzarla sobre los jóvenes misioneros. Inmediatamente, éstos empezaron a correr, impregnados de horror en sus rostros, sin tener una idea exacta de lo que había ocurrido.

En un intento desesperado, uno de los misioneros gritó, tratando de razonar con la enardecida turba: ¡Amigos!, ¡Nosotros les respetamos sus creencias!, ¡No queremos ofenderlos! En esos momentos críticos, y con una tensión infernal, Elder Delgado le gritó al Elder López:

-¡Córrele López!, ¡Éstos están bien locos!, ¡Y no entienden razones!

Sólo se podía escuchar la respiración agitada, la visión se había centrado en un plano frontal, en el que sólo se percibía el humo que salía de la boca y las fosas nasales. El frío de la madrugada hacía gala de un entumecimiento en las piernas de ambos misioneros, que por más que se esforzaban, sentían que no podían avanzar y escapar de la turba enfurecida.

-¡Delgado!, ¡No puedo respirar!, ¡No me dejes!, al momento que era víctima de un obseso terrible y asfixiante de tos, provocado por su condición de asmático que llevaba toda su vida, 19 años para ser exactos. Cuando de pronto, el Elder López, era jalado de manera tempestuosa, por su compañero el Elder Delgado, en un esfuerzo por no ser alcanzado.

-¿Dónde está el maldito inhalador?, ¿Dónde fregados lo metiste? Cuando terminaba de preguntar el Elder Delgado a su compañero, una piedra se estrellaba sobre su frente, de inmediato la sangre brotaba a chorros y caía inconsciente, por el fuerte impacto de la pedrada recibida en la sien derecha.

De pronto, una sombra de terror se apoderó del Elder López, y sin mayores fuerzas, pero, con una cara de espanto hacía movimientos con sus brazos, con actitud de súplica ante tales circunstancias, pero la muchedumbre no entendía y menos le importaba. La turba enardecida, solo quería vengar la afrenta recibida, al tiempo que le propinaban golpes con palos y piedras, puntapiés e insultos entre gritos maldicientes.

-¡Con qué odias  a la virgencita cabrón!, ¡Pos ora te vamos a enseñar a que la ames, hijo de la chingada!, ¡Hereje!, ¡Pinche hijo de Satanás!, ¿Por qué la odias?, ¡Si es tu madre, desgraciado cabrón!

La muchedumbre enloquecida los hicieron sus presas. Los golpes, las patadas, los escupitajos, insultos y gritos, ahogaban los intentos de súplicas de sus víctimas. De pronto, uno de los hombres sacó una cuerda y empezó a atarlos de las manos y de los tobillos, otro empezaba de manera espontánea  a quemar unas tablas y cartones, iniciando una hoguera.

Unas mujeres empezaron a gritar al unísono: ¡Quemen a esos cabrones infieles!, ¡Quémenlos!, ¡Quémenlos!, ¡Quémenlos! De repente, toda la muchedumbre inició a coro en repetición contundente y siniestra: ¡Quémenlos!, ¡Quémenlos!, ¡Quémenlos!

A la distancia se empezó a escuchar un sonido de sirenas: ¡Ahí viene la policía!, de inmediato la turba desapareció, en cuestión de segundos. La Policía nunca llegó, era el sonido de una ambulancia, que había cruzado a unas cuadras del puente.

Los cuerpos de ambos misioneros estaban en el piso húmedo y frío. Los rayos matutinos del alba mostrarían las diferentes heridas producidas por los violentos golpes de apenas unas horas previas. El reloj marcaría las 06:46 de la mañana, cuando uno de los vecinos del lugar, llamaría a la Cruz roja.

A los 15 minutos aproximadamente, una de las ambulancias llegaría a levantar los cuerpos de ambos jóvenes, cuya humanidad violentada era totalmente irreconocible. En la clínica local serían estabilizados, pero ambos jóvenes serían trasladados inmediatamente a la capital del estado.

Nadie hablaba del incidente. Increíblemente, la apatía mezclada con el fanatismo, eran otra vez los ingredientes de tales sucesos. Era como si hubiera sido un mal sueño, algo tan real, pero a la vez inimaginable, que lo mejor era olvidar.

Esa misma mañana, en la misa de las 8:00 am, el sacerdote en la antigua parroquia colonial del lugar, cuya permanencia marcaba el antiguo centro del pueblo de Huextengo, oficiaba la misa y en su sermón matutino decía las siguientes palabras:

-Sé que algunos de ustedes son buenos cristianos. Sé que darían la vida por nuestra Santa Madre Iglesia, ¡Hijitos míos!, ¡Éstos son tiempos peligrosos!, y el Diablo y sus servidores, anda entre nosotros para destruir nuestras sagradas creencias, y quieren violar  y desacralizar a nuestra Madre eterna, ¡Nuestra Señora de todos los Santos!

-Yo los absuelvo ¡No del pecado!, porque no hicieron ningún pecado al castigar a esos servidores del Diablo, sino de la imprudencia de haber corregido un poco violento a esos hijos de Mahoma, del Infierno, que enseñan en contra de nuestra Santa Madre Iglesia.

Y el sacerdote continuaba con su sermón:

-¡Ellos labraron su castigo, y su castigo es real!, ¡Defendamos a nuestra Madre Iglesia!, ¡Defendamos a nuestra Madre de todos los Santos!, ¡Defendamos a Dios Nuestro Señor!, ahora hijitos míos…Recemos por esas dos almas descarriadas, esclavos del Diablo y sus lujuriosas pasiones.

Al tiempo de terminar su sermón, un silencio apenas disfrazado por el rezo comunitario del “Padre nuestro”,  inundaba  aquella parroquia con un sentimiento de complicidad impune. Entre el humo de los cirios y la penumbra que apenas dejaba vislumbrar la figura encorvada del sacerdote, que al tiempo de perdía entre las sombras del atrio de la Iglesia, y que jamás se investigó sobre el penoso asunto.

Mapachín y la Navidad

…so this is Christmas…and what have you done?

John Lennon

Víctor  J. Pérez Montes

Era una mañana fría en el vecindario del Bosque,  el  color blanco de la nieve era dominante, el frío aire golpeaba las colas y las mejillas peludas de los mapachitos que corrían entre los árboles. Era el día previo a Navidad, las familias mapaches se preparaban para festejarla. El humo que salía de las casitas tenía un suave olor entre chocolate y pan recién horneado.

Todo el barrio “Las Lomas del Mapache” era una especie de villa navideña, las chimeneas no dejaban de sacar humo, al interior de las casitas se podía observar todo el movimiento de preparación, las familias enteras preparaban los dulces y los ricos guisos que disfrutarían en la noche. Los mapachitos estaban ansiosos de que ese día ya terminara. Mañana era Navidad.

En una de esas casas bonitas, se abría de manera sorpresiva la puerta, era la casa de Mapachín Mapachón. Mapachín era un niño juguetón, alegre, siempre dispuesto a vivir una aventura, era un mapachito líder, siempre estando rodeado de amigos y dispuesto a ayudar a sus amigos.

Sus amigos Beto ardilla, Toño la marmota y Ricky el zorrillo, estaban ansiosos de salir a pasear en sus trineos en el día previo a Navidad. Aquella pandilla de amigos solo podían sentir la emoción de sentir el aire helado que se mezclaba con el cálido aroma a Chocolate y canela que perfumaba el bosque en ese día.

De pronto, un llanto entrecortado se escuchaba en uno de los huecos de un viejo roble. Mapachín se baja de su trineo, y buscando de donde procedía tal llanto, se dio cuenta con cara de sorpresa, que era su amigo Goyito la zarigüeya. Mapachín le preguntó de manera sorpresiva, la razón de su tristeza.

Su amigo Goyito le dijo, que su papá Don Zarigüeyo había perdido su trabajo en el aserradero local y que no tendrían ni cena ni regalos de Navidad. Aquello era verdaderamente una pena. Mapachín sin pensarlo lo abrazó y le dijo:

-¡Amigo Goyito!, Tú vas a tener regalos y cena, no te preocupes. Tú estás invitado a mi casa esta Navidad.  Rápidamente, Mapachín les comentó a sus papás que iba a invitar a la cena a su amigo Goyito. Doña Mapachón, también le dijo a su hijo que invitara al papá de Goyito a Don Zarigüeyo. La mamá de Goyito había muerto unos meses atrás.

Cuando Mapachín invitó a su amigo Goyito, la pequeña zarigüeya brincaba de gusto, aquella noticia era verdaderamente una muy buena noticia de Navidad. Era una buena noticia entre muchas tristes que había recibido ese año

Aquella noche de Navidad, el olor y la cena fueron algo más que delicioso, olían y sabían a gratitud y amor por los demás. La casita de los Mapachón reflejaba el verdadero sentido de la Navidad. Compartir lo mucho o lo poco que ellos tenían, era lo que definía ese día. ¡Ah! Y por si fuera poco, el pequeño Mapachín le regalaría un suéter nuevo a su amigo Goyito.

Entre risas y sentimientos de amor, aquella velada obligaba a la reflexión. Obligaba a recordar la importancia de dar, más que recibir. Recordaba que todos necesitamos de todos y que la Navidad es un perfecto tiempo de reparar, de ayudar y sobre todo de amar, por sobre todas las cosas. Por cierto, al momento de despedirse todos se deseaban de manera genuina y con gran amor: ¡Feliz Navidad!